Josep Martí, secretario de Comunicación de la Generalitat de Cataluña, me confesaba recientemente que en la actual coyuntura «el manual ya no sirve«. Se refería a las tácticas de comunicación que los políticos han practicado con profusión desde la restauración de la democracia, cuya eficacia ha quedado seriamente cuestionada. Profundizando en la conversación, que tuvo lugar en el trascurso de la Netcom celebrada por la delegación de Cataluña de la Asociación de Directivos de Comunicación (Dircom), Josep y yo convinimos que tales prácticas no han sido exclusivas de la política, sino que también se han extendido al mundo de la empresa. Es más, llegamos a admitir que nosotros, los comunicadores, hemos de asumir nuestra cuota de responsabilidad.
¿Y de qué podemos y debemos culparnos? A juicio de Josep Martí, de haber creado y alimentado a vampiros.
El error más habitual por parte de los primeros ejecutivos de las organizaciones es considerar a su director de comunicación como un mero jefe de prensa. A menudo el desenfoque se acentúa al convertirlo en su jefe de prensa, en una especie de ayudante de cámara más o menos ilustrado que se encarga de lo que durante muchos años se ha conocido como “la imagen” y que hoy sobrevive disfrazada en forma de “reputación personal”.
Al limitar su espacio a la interacción con los medios, la organización encarcela a la comunicación en su expresión táctica, en la que reside sólo una parte de su valor. El director de comunicación también es responsable de las relaciones con los medios periodísticos, pero no sólo. Su ámbito funcional se extiende a la gestión de la marca, la comunicación interna, las relaciones institucionales, los eventos y la publicidad, entre otras. Desde la Asociación de Directivos de Comunicación (Dircom) reivindicamos también el liderazgo en las políticas de responsabilidad social corporativa.
Hace unas semanas, enrededando o enrededado en una red social, una ‘amiga’ a la que presuponía inmersa en el mundo de la comunicación me pregunto: “¿Qué es un ‘dircom’?”
Mi primera reacción, errónea como muchas de las que se registran en caliente, fue de sorpresa y de una cierta indignación profesional. “Pero cómo no va a saber lo que es un dircom, por favor”, pensé. Superado el primer shock emocional al descubrir que nuestra querida profesión no goza del conocimiento generalizado del común de los mortales, entre los que se encuentran mis hijos (y eso que al menos me ven escribir folios), reflexioné acerca de la pertinencia de preguntarnos qué somos. Dada la juventud del oficio y la diversidad de perfiles que han desembocado en él, tal vez la respuesta sea compleja, pero en cualquier caso el ejercicio de reflexión es fundamental para dejar meridianamente claro lo que no somos o lo que no deberíamos ser.
Antonio López, presidente de honor de Dircom, patentó hace ya muchos años el símil del director de orquesta. La misión del responsable del departamento de comunicación era lograr que todas las voces de la organización sonasen armónicas. Esta visión conceptual tiene mucho mérito si consideramos que cuando fue acuñada aún era el tiempo de los jefes de prensa elevados a posiciones directivas, principalmente en el mundo empresarial.
Reconozco que fui madridista. No sé muy bien por qué. Tal vez porque mi padre lo era -y lo sigue siendo- o porque cuando era pequeño el Real Madrid solía ser el equipo que representaba a España en las competiciones europeas. Bien es cierto que soy forofo de casi nada y que si tengo que decantarme por un club de fútbol lo hago por el Sporting de mi tierra asturiana o puntualmente por el pequeño que se enfrente al grande.
Juan Cruz, ese excelente observador de la realidad desde su blog en El País, alertaba recientemente contra «la tentación amarilla» en la que podrían caer muchos medios a propósito del último suceso que ha conmovido a la opinión pública a través de la publicada: la desaparición de los niños cordobeses Ruth y José.
«Todos los elementos (sobre todo los elementos gráficos) de una noticia no son legítimos, aunque sean naturales y asequibles, y aunque puedan ofrecer el interés amarillento que demanda una población cada más interesada en conocer aquello que más le perturbe«, escribía Juan Cruz tras el giro dado por el caso a raíz de un nuevo informe forense de unos restos óseos encontrados en una finca de la familia del padre de los niños y principal sospechoso, José Bretón.

El 15 M plantó la semilla de un deseo colectivo de mayor participación en la vida pública. Sería bueno canalizar esa fuerza colectiva por cauces institucionales. Fotografía de Olmo Calvo.
La fuerza que mueve al ser humano proviene de dos motores: el instinto de supervivencia y la búsqueda de afectos, incluidos en ellos el reconocimiento social. Tal vez incluso ambos sean uno mismo porque hay una relación muy estrecha entre sentirse querido y sentirse protegido. De la supervivencia deviene el egoísmo, mientras que el deseo de diferenciación emana del reconocimiento.
«Otoño caliente» es un clásico veraniego que anticipa las expectativas de conflicto tras el retorno de las vacaciones. Durante la última década no recuerdo un sólo año en el que el tópico no se haya colado en algún titular, casi siempre vinculado a la advertencia sindical ante cualquier cambio en el status quo de las condiciones laborales. Y aún así, después de tantos «otoños calientes» la protección social al trabajador es la más endeble desde la restauración de la democracia. En consecuencia, caldear la estación otoñal nunca ha servido para calentar el cocido de la clase salario-dependiente.

No son los tecnológos los que tienen que aprender periodismo, sino los periodistas hacer buen uso de la tecnología. Ilustración de Ruta n
“Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus, singula dum capti circumvectamur amore.”
(“Pero mientras tanto huye, huye el tiempo irremediablemente, mientras nos demoramos atrapados por el amor hacia los detalles.”)

Pintura que decora una de las paredes del salón de audiencias del Palacio de la Generalitat de Catalunya
El tópico literario del tempus fugit procede del Libro III de las Geórgicas, obra del poeta romano Publio Virgilio Marón (70 a.C.-19 a.C.). Virgilio fue también el autor de la Eneida y las Bucólicas, en las que se muestra como un fiel reflejo del hombre de su época, con sus ilusiones y sus sufrimientos, a través de una forma de gran perfección estilística.
El escritor estadounidense Eugene Luther Gore Vidal, recientemente fallecido, se definía como «un ateo que ha vuelto a nacer«. En coherencia con su negación del más allá, consideraba que este mundo y esta vida son «lo único que hay; y, al fin y al cabo, no están tan mal«.
España es lo que es y, al fin y al cabo, no está tan mal.
Somos un país con los biorritmos permanentemente alterados, capaz de caer en el fatalismo para justificar la ausencia de medallas en los Juegos Olímpicos de Londres cuando apenas han transcurrido cinco días, pero también de empapelar las portadas de los periódicos con el primer metal, obtenido por la nadadora Mireia Belmonte. Los medios de comunicación reflejan esa arritmia colectiva que es propia de los países con más sol que sombra.
En algunos bares, cafeterías y tiendas del sevillano barrio de Triana comienza a proliferar un cartel que dice: “Prohibido hablar de la cosa”. Si te diriges al propietario y le preguntas por el sentido del mismo, te explica que está harto del pesimismo que todo el que entra en su establecimiento trae con él: “la cosa está fatal”, “hay que ver cómo está la cosa”, “la cosa va cada día peor”, “ozú como está la cosa”.
«La cosa» no es otra cosa que esa crisis en forma de estirada W que está empezando a amargarnos la existencia. De la crisis a la depresión existe una distancia que es importante no recorrer. Incluso en términos económicos, la recesión no se alcanza técnicamente hasta que se enlazan tres trimestres seguidos con crecimiento negativo del Producto Interior Bruto (PIB). Sin embargo, en términos psicosociales una depresión colectiva sería mucho más dañina que un largo período de dificultades económicas.







