19Dic
2025
Escrito a las 7:06 am

La reflexión que quiero desatar con el titular de este artículo viene provocada por el primer discurso de Blaise Metreweli, la primera mujer al frente del servicio de inteligencia exterior del Reino Unido, popularmente conocido como el MI6. He extrapolado su mirada a nuestro entorno político y social y, desgraciadamente, percibo un avance de las fuerzas del mal en sus múltiples dimensiones. Aunque tengo un carácter optimista, empiezo a ver más oscuridad que luz.

La gran jefa de los espías abrió su intervención describiendo un mundo en el que las reglas del conflicto y la seguridad están siendo redefinidas por una combinación de amenazas interconectadas —militares, tecnológicas, sociales y éticas— y por la erosión de la confianza pública. Señaló que vivimos en un “espacio entre la paz y la guerra”, donde la tecnología avanzada, como la inteligencia artificial, la biotecnología y la computación cuántica, está transformando tanto las oportunidades como los peligros globales.

A su juicio, el poder se ha vuelto más difuso, pasando de los estados hacia corporaciones e individuos, y con la información a menudo manipulada para dividir sociedades. Metreweli subrayó que el desafío principal del siglo XXI no es solo dominar tecnologías poderosas, sino guiarlas con sabiduría, pues la seguridad, la prosperidad y la humanidad dependen de ello. En este contexto, enfatizó la necesidad de que MI6 evolucione para enfrentar estos desafíos combinando inteligencia humana tradicional con dominio tecnológico, colaborando estrechamente con socios internacionales, otras agencias de inteligencia y actores de la sociedad civil, y recordando que la agencia debe apoyar la toma de decisiones informadas y basadas en valores humanos fundamentales, no solo operativos.

Si tuviera que sintetizar su discurso en una sola frase sería la siguiente: Los malos tienen menos obstáculos tanto físicos como éticos para ejercer. La tecnología ha creado un espacio transfronterizo que facilita la propagación de la maldad. El ciudadano de a pie está desprotegido ante el uso de software y algoritmos que no sólo están muy lejos de su control, sino que escapan a su comprensión.

El muro de la ética aparece resquebrajado allá donde mires. No hace falta pensar en Putin ni ponerse en el papel de un espía para ver la desolación moral que nos rodea. En los gobiernos, en las organizaciones de la sociedad civil, en la asociación de vecinos… en todas ellas afloran comportamientos poco éticos, inspirados a menudo por impulsos autocráticos. En política la conservación o conquista del poder ha sustituido a la generación de esperanza. En muchas organizaciones prevalece la defensa de los intereses individuales y corporativos (de unos pocos unidos por una ideología, un tipo de actividad económica, una profesión o un sector empresarial) frente a los colectivos (de la sociedad en su conjunto inspirados por el bien común, que es el bien de la mayoría). Y con frecuencia en el ámbito empresarial el propósito, tan de moda, es un mero escaparate.

Entre la maldad, individualista por naturaleza, y la bondad, colectiva por definición, se sitúa la ética.

La maldad forma parte de la condición humana. Está íntimamente conectada con el instinto de supervivencia, cuyo combustible es el egoísmo. La bondad también está incrustada en el ADN de cada individuo porque necesita relacionarse y cooperar. Entre la maldad, individualista por naturaleza, y la bondad, colectiva por definición, se sitúa la ética. El filtro de nuestros principios provoca que actuemos de una manera correcta o incorrecta y, sobre todo, que nos sintamos más o menos responsables con nuestro entorno, especialmente con las personas que lo habitan. Este filtro muestra hoy múltiples agujeros. Por ellos se cuelan prácticas antisociales de todo tipo.

Volviendo al mundo de los espías, el arma más utilizada para derrotar al bien es la desinformación. Como argumentaba la jefa del MI6, mentiras y bulos erosionan la confianza de los ciudadanos, que es, a su vez, uno de los pilares del sistema democrático. No es casual que la democracia esté en retroceso frente a la autocracia, eufemismo utilizado para quitar hierro al avance de las dictaduras.

Si la desinformación es el arma de uso más común, los comunicadores (término que incluye a todos aquellos cuya principal función es la distribución de información, lo cual comprende a los periodistas) nos situamos en el centro del campo de batalla, en ese espacio «entre la paz y la guerra», entre la verdad y la mentira, entre los hechos y las emociones.

Somos agentes de información en un mundo amenazado por la desinformación. Tenemos la posibilidad -y la responsabilidad- de optar entre la primera y la segunda. Nuestras lealtades han estar muy claras. Como bien señala el primero de los 16 principios que guían la práctica de la comunicación creados por la Global Alliance for Public Relations and Communication Management, «trabajamos para el interés público». Una búsqueda del beneficio común que Blaise Metreweli expresa como «humanidad compartida».

En respuesta a la pregunta que plantea el titular de este artículo, creo que los malos han ganado espacio, pero también estoy firmemente convencido de que el bien acabará imponiendo su ley. Entretanto recarguemos munición ética.

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