Fotografía de Miniyo73 bajo licencia Creative Commons

Las grandes crisis suelen producir un fortalecimiento de los entramados institucionales. La pandemia provocada por la mal llamada “gripe española”, que se cebó con el mundo occidental (Estados Unidos y Europa fundamentalmente) entre 1918 y 1920 y se saldó con más de 40 millones de muertos, dejó la conclusión de que los países tenían que robustecer los sistemas públicos de salud. Aquella epidemia, por cierto, castigó la transparencia de la prensa española, ya que al ejercer en un país neutral no censuró las informaciones relacionadas con el avance de la enfermedad, al contrario que la mayoría de los países contendientes en la primera guerra mundial.

La segunda guerra mundial, a su vez, impulsó la necesidad de crear estructuras supranacionales para el mantenimiento de la paz y la seguridad en escenarios internacionales. Cincuenta estados firmaron el 26 de junio de 1945 la Carta de las Naciones Unidas, y el 24 de octubre de ese mismo año comenzó la institución su andadura oficial, una vez que el documento fundacional fue ratificado por la mayoría de los gobiernos firmantes.

La debacle humana que está produciendo la COVID-19 ha vuelto a dejar en evidencia a los sistemas sanitarios de la mayoría de los países, incluidos los más desarrollados, y la debilidad de las instituciones multilaterales, cuyo papel en la gestión de esta crisis ha sido residual. Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como las propias Naciones Unidas (UN) han sido meras comparsas en un trance que ha borrado casi todas las líneas divisorias, menos las que dibujan el mapa político. En aparente paradoja, ante una amenaza global e indiscriminada se han reforzado las fronteras nacionales.

El coronavirus tipo 2 del síndrome respiratorio agudo grave o SARSCoV2 (en inglés, severe acute respiratory syndrome coronavirus 2)​ no sólo dejará un reguero de víctimas mortales (más de 640.000 en el momento en que se escribió este artículo) y económicas (sólo en los primeros tres meses ha empujado al desempleo a alrededor de 200 millones de trabajadores), sino que también alimentará a esos otros virus que socavan la salud de la democracia y los cimientos de las instituciones que tienen la responsabilidad de gestionar la convivencia y el progreso.

El primero y más dañino de estos virus es la desigualdad. Tras el paso del SARS-CoV-2 el mundo será aún más desigual. No hace falta ser un premio Nobel para llegar a esta conclusión, aunque la mayoría de los galardonados con el de Economía ya habían llegado a ella antes de la pandemia. De hecho, la inequidad ya no es un problema solo de las economías menos desarrolladas, sino que deja sentir sus efectos en los países más ricos. En Estados Unidos, el índice Gini ha crecido de forma sostenida en las últimas cinco décadas.Y en 2018 alcanzó su nivel más alto en 50 años. De hecho, escaló al 0,485 desde el 0,482 registrado en 2017, según datos del Estudio de Comunidades Estadounidenses de la Oficina del Censo.

La desigualdad tiene dos vertientes muy preocupantes por su efecto multiplicador: la formación y la tecnología. Las diferencias comienzan en el mismo lugar en que hayas venido al mundo. Un grupo de investigadores ligados al denominado Proyecto Salurbal han determinado que la esperanza de vida de una persona que habita en una zona pobre de Latinoamérica es inferior en 18 años a la de a un ciudadano que resida en un barrio acomodado. En esta misma línea, Oxfam afirma que en Kenia una niña tiene una posibilidad entre 250 de seguir estudiando una vez finalizada la educación secundaria.

La escuela es -debería ser- una gran palanca de igualdad y, sin embargo, puede convertirse también en lo contrario. El deterioro de la educación pública en beneficio de la privada puede concentrar las mejores oportunidades en los más adinerados. De hecho, las escuelas de negocios se han convertido, como su propio nombre indica y sin engañar a nadie, en poderosas comunidades de networking, algunas de ellas con un elitismo fomentado conscientemente.

El confinamiento al que ha estado sometida la mitad de la población mundial ha mostrado las carencias del sistema educativo en dos territorios: la metodología y la tecnología. En un suspiro las instituciones educativas han tenido que pasar de la docencia presencial a la remota. A pesar de que la tecnología permite desde hace bastantes años las videoconferencias con un nivel de calidad (ancho de banda) aceptable, la presencialidad era casi absoluta. En ese abrupto tránsito se han quedado por el camino muchos niños y jóvenes que no disponían de un buen acceso a internet o simplemente carecían de un ordenador o tableta. La brecha tecnológica se ha manifestado en toda su crudeza.

La desigualdad está conectada con el desacoplamiento entre democracia y bienestar. Es verdad que durante las últimas décadas se ha reducido significativamente el nivel de pobreza, positiva evolución que puede verse quebrada este año según las estimaciones del Banco Mundial, pero también lo es que la concentración de riqueza ha crecido más rápido. Esta disociación provoca la expansión de un segundo virus: la desafección de los ciudadanos hacia la política. Es dramático que este fenómeno de distanciamiento reste sentido a la propia condición de ciudadanos, que se define por su derecho y su deber a participar en la gestión de la res publica.

Un alto porcentaje de ciudadanos no se sienten representados por los políticos, agrupados en “la clase política”, cuya connotación negativa es manifiesta. Sin embargo, en las democracias representativas los políticos nos representan sí o sí y toman decisiones que son fundamentales para nuestra vida (el nivel de gasto en sanidad y educación, sin ir más lejos, y su contrapartida en términos de presión fiscal). El distanciamiento de la política por parte del ciudadano común deja mucho espacio libre para listillos, especuladores, medradores y demás especímenes impulsados por intereses espurios.

Algunos de ellos alcanzan altas cotas de poder dentro del sistema mediante un discurso anti-sistema. Niegan la política para aprovecharse de ella, la conciben como un medio para alcanzar sus propósitos personales, casi siempre vinculados a sus intereses económicos y aderezados con una vanidad desatada. 

Los falsos líderes anti-sistema portan el tercer virus que amenaza la salud de la democracia. Se apoyan en la desesperanza de aquellos que no se sienten atendidos por el sistema y desean cambiarlo, pero no saben cómo. Los falaces profetas exhiben una tierra prometida (“Make America great again”) que a la postre jamás se alcanza e invitan a rebelarse contra el sistema mediante el voto de castigo al establishment. Cuando finalmente los ciudadanos descubren la añagaza, el supuesto líder ya ha disfrutado de los votos en él delegados y busca nuevos territorios para rentabilizar su período de exposición mediática.

El entorno líquido que describe el sociólogo Zygmunt Bauman en sus obras ha resquebrajado la solidez de las instituciones. La vacuidad de muchos de sus ocupantes impregna las paredes que habitan. El entramado institucional degrada así su capacidad para sostener el edificio de la democracia (cuarto virus). “Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar la crisis de la democracia, es el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no solo son corruptos o estúpidos, sino que son incapaces, en general“, sostiene Bauman.

De los tres poderes que consagró la Revolución Francesa el más amenazado por la liquidez es el judicial. El funcionamiento libre e imparcial de la Justicia es el último resquicio de confianza al que pueden agarrarse unos ciudadanos desencantados con el ejercicio de los poderes a través del ejecutivo y el legislativo. La sociedad acepta un gran nivel de desigualdad en la economía, de momento, y su reflejo en los comportamientos sociales, pero no tolerará la corrupción de la independencia de la Justicia porque es consciente de que más allá solo existe el caos y la ley de la selva.

El nexo entre los cuatro virus expresados anteriormente es el déficit de conversaciones, que conduce hacia la incomunicación comunicada, el quinto de los virus. La comunicación ha sido históricamente vista como una habilidad, sin embargo, es la función que construye la comunidad. La ausencia de un diálogo abierto y sincero entre administradores y administrados, entre representantes políticos y sus representados, entre las instituciones y su entorno social, entre los líderes y sus seguidores… dibuja un escenario de incomunicación en el momento de mayor capacidad de comunicación de la historia de la Humanidad.

La globalización no ha traído un diálogo global, hasta el punto de que los mapas políticos siguen imponiendo su ley sobre las realidades físicas. A pesar de su enorme capacidad de comunicación, las redes sociales son a menudo el cauce de expresión del radicalismo, la exclusión y la cerrazón intelectual. Se conciben los tuits como golpes contra un adversario que se ve, pero no se siente. Las fake news y las posverdades (las versiones modernas de los embustes, los camelos y las patrañas de toda la vida) se reproducen con facilidad en un ecosistema caracterizado por la falta de rigor, la superficialidad, la fugacidad y, lo que es más grave, la percepción de impunidad.

La gran responsabilidad social de los profesionales de la comunicación es enseñar a comunicar. Puede parecer una misión fácil por su obviedad o sencillez, pero es la tarea más urgente que afrontamos como sociedad en un Planeta que está enfermo de inhumanidad. Las defensas de nuestro sistema inmunitario social se alimentan de la escucha, la conversación, las ideas (también de su confrontación), las emociones, las percepción y, sobre todo, las verdades. Y la salud, la del cuerpo y la del alma, es la verdad que más nos importa. Hablemos.

Artículo originalmente publicado en Sitiocero.net

Un comentario

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Juan Ramón Plana
27.07.2020 a las 13:00 Enlace Permanente

Brillante análisis. Deberíamos centrarnos más en discutir sobre lo que el artículo señala que sobre sus (lógicas y tremendas) consecuencias.

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