
Toda gran pieza de comunicación incluye imágenes memorables. La primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, recurre a dos símbolos bíblicos de enorme potencia narrativa: Babel y Jerusalén. La primera representa la soberbia tecnológica desconectada del bien común. La segunda, la construcción colectiva de una comunidad humana.
La metáfora es brillante porque traduce un debate extremadamente complejo a una historia comprensible para cualquier audiencia. La comunicación eficaz no consiste en simplificar la realidad, sino en hacerla inteligible. Por eso una de las frases más citadas del documento resume toda la tensión contemporánea:
«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos».
En términos de comunicación, la pregunta que plantea es sencilla: ¿queremos una tecnología que nos haga más poderosos o una tecnología que nos haga más humanos?
Otro de los aciertos comunicativos del texto es la amplitud de su audiencia. Formalmente es una encíclica, en la práctica es una conversación global. El Papa no habla únicamente a creyentes, sino que apela a a gobiernos, universidades, empresas tecnológicas, reguladores, educadores y ciudadanos. Habla, en definitiva, a cualquiera que se pregunte cómo preservar la dignidad humana en medio de una transformación tecnológica sin precedentes.
De hecho, una de las ideas que atraviesa todo el documento es que «la dignidad de la persona» debe situarse «en el centro» y que el progreso tecnológico ha de entenderse como instrumento y no como fin. Esa es una formulación comunicativamente persuasiva porque conecta con públicos muy diversos sin exigir adhesión previa a una determinada confesión religiosa.
Quizá la aportación más relevante de Magnifica Humanitas para los profesionales de la comunicación sea su papel en el gobierno ético de las transformaciones impulsadas por la digitalización. Durante años hemos hablado de innovación, transformación digital, automatización o inteligencia artificial como si fueran procesos eminentemente tecnológicos. León XIV introduce una pregunta incómoda: ¿quién define los criterios morales que gobiernas esos procesos y herramientas? La pregunta no es técnica, sino profundamente comunicativa, porque toda tecnología incorpora una visión del mundo, todo algoritmo prioriza determinados valores y toda plataforma favorece ciertos comportamientos y dificulta otros.
La comunicación tendrá que explicar no sólo qué hacen las organizaciones con la inteligencia artificial, sino por qué lo hacen y bajo qué principios. En este sentido, la encíclica recupera una intuición fundamental: las personas no confían en las tecnologías; confían en las instituciones que las gobiernan.
Cuando todo el mundo esperaba un documento sobre inteligencia artificial, León XIV ha entregado un documento sobre humanidad. Y ahí reside su principal enseñanza para comunicadores, directivos e instituciones: Las tecnologías cambian, los relatos evolucionan, las plataformas aparecen y desaparecen, pero la comunicación sigue teniendo la misma misión de siempre: recordar qué significa ser humano en cada época.
Y esa, precisamente, es la conversación que León XIV ha decidido abrir.
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