
En varios de los puentes que cruzan la M-40 a la altura de Hortaleza (municipio de Madrid) han aparecido unos grafitis que muestran un gran HEGO, probablemente la firma del autor. No soy partidario de los grafitis, pero amnistiaría a éste porque ha provocado en mí una reflexión acerca del ego, la vanidad y el reconocimiento.
La definición del ego que me gusta más procede de Sigmund Freud. El padre del psicoanálisis dividía la psique (conjunto de las capacidades humanas de un individuo que abarca los procesos conscientes e inconscientes) en tres estructuras: el ello (instintos), el yo (ego) y el superyó (moral). «El ego es la parte del aparato psíquico que media entre los impulsos del ello, las exigencias del superyó y la realidad exterior», escribió en la obra El yo y el ello (1923). Desde esta perspectiva, el ego es el mediador racional que equilibra el deseo, la moral y lo posible.
Carl Gustav Jung ofrecía una perspectiva diferente, aunque complementaria, al considerar que «el ego, siendo el sujeto de todos los actos conscientes, forma el centro del campo de la conciencia; y por ello, es la base de nuestra orientación consciente en el mundo» (Tipos psicológicos, 1921). El ego se forma y se define en contraste con el inconsciente. El inconsciente personal (experiencias reprimidas, recuerdos olvidados) y el inconsciente colectivo (arquetipos) rodean y afectan al ego constantemente. De estos pensamientos se deriva que vemos el mundo que nos rodea a través de nuestro ego. Este sesgo de entorno sólo puede ser gestionado si es conocido y admitido.
Algunas personas son conscientes de que su ego distorsiona la realidad, pero se sienten cómodas con ello, porque lo contrario sería admitir que su yo necesita una cura de adelgazamiento. Cuando más engorda su engreimiento, más se separan de la realidad. Incluso construyen realidades alternativas en las que los hechos se mampostean para sostener una tesis precocinada.
El mejor antídoto contra la obesidad del ego es la humildad, «la base de todas las demás virtudes», según San Agustín. La humildad enjaula al ego y evita que vuele libre, en una falsa sensación de que volar sin tocar la tierra es un movimiento natural. Permite ver el mundo sin despegar los pies del suelo y no impide soñar, ni mucho menos, sino que ayuda a articular visiones asequibles. Muy al contrario, en el ególatra los sueños están lastrados por el éxito que se atribuye en el presente.
La humildad posee un poder transformador que a menudo pasa desapercibido en un mundo donde predomina la autopromoción y la competencia. Lejos de ser una señal de debilidad, la humildad revela una profunda fortaleza interior: la capacidad de reconocerse tal como uno es, sin la necesidad de engrandecerse ni disminuir a otros. Una persona humilde no niega sus virtudes ni talentos, pero los coloca en perspectiva, consciente de que el conocimiento, el éxito y el valor personal no son absolutos ni exclusivos. Esta actitud abre espacio al aprendizaje continuo, a la empatía y a la colaboración genuina.
El poder de la humildad radica también en su efecto sobre las relaciones humanas. Quien actúa con humildad genera confianza, desactiva egos enfrentados y promueve un clima de respeto mutuo. En contextos de liderazgo, la humildad permite reconocer errores, dar crédito a los demás y escuchar perspectivas diferentes, lo cual fortalece tanto al líder como al equipo. La humildad no es la ausencia del yo, sino su sabia regulación: un ego en equilibrio que no necesita imponerse para existir, sino que florece al reconocer el valor de los otros y del camino compartido.
La pintada de la M-40 tiene una curiosa combinación de letras mayúsculas y minúsculas. Si convirtiésemos el grafiti en un acrónimo la H representaría Humildad; la E, Empatía; la G, Gratitud; y la O, Obediencia. Humildad para mantener a la vanidad bajo control. Empatía para gestionar las relaciones. Gratitud para compartir, celebrar y aprender de las experiencias de la vida. Y obediencia para respetar los principios éticos que deben guiar nuestras acciones.
Práctica la humildad para que el ego no sea ese personaje que decora tu vida y pinta grafitis en tu alma.
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