30Sep
2018
Escrito a las 10:15 pm

Acabo de regresar de Metro Manila, una megalópolis que concentra 14 ó 24 millones de habitantes, según consideres solo el municipio o toda su conurbación. Dos millones y medio de coches ingresan todas las mañanas a la urbe, incluidos los simpáticos Jeepney (evolución para el transporte público de los jeep que abandonaron los americanos tras la segunda guerra mundial). Los atascos son monumentales. Un reciente estudio asegura que los trabajadores más humildes que trabajan en Manila, pero viven en sus afueras, consumen diariamente seis horas en ir y volver a sus domicilios.

Cientos, tal vez miles, de trabajadores se afanan en limpiar aceras y pavimentos del inacabable polvo de la ciudad, dotados con escobas de alambre a las que apenas quedan fibras. La escena me resulta dramática por su simbolismo: es imposible recoger tanto polvo, simplemente lo desplazan.

En el centro de la ciudad han florecido sendas zonas residenciales. Son dos de las 16 ciudades que configuran la Gran Manila, la sexta urbe del mundo con mayor densidad de población. Aquí, en Makati y Taguig, los rascacielos han sustituido a los barracones de uno de los cuarteles con más intentos golpistas de la historia de Filipinas en su haber. Allí están casi todas las legaciones diplomáticas y residencias de embajadores. Muchos de los edificios lucen marcas de bancos en su fachada. Y en Bonifacio High Street, la avenida más comercial, se apiñan las franquicias más conocidas del mundo.

Conforme extiendes la mirada, desde lo alto de cualquiera de estas torres se puede ver cómo la ciudad va perdiendo altura y las construcciones pasan del lujo a la medianía y de ésta a la pobreza. En las alturas, cristal; a ras de suelo, chapas de madera y metal. La desigualdad salta a la vista en un país cuyo primer recurso económico son las remesas de sus emigrantes. Muchos de los que se quedan trabajan como vigilantes de seguridad, la ciudad está plagada de ellos. Solo para entrar en mi hotel tenías que pasar dos controles dotados de escáner e incluso un perro adiestrado para detectar explosivos. La pulcritud de su uniforme no hace juego con los salarios, pero al fin y al cabo es un trabajo estable.

La metrópolis ha engullido a la naturaleza, aunque ésta se rebela en cualquier rendija. Una de las actividades empresariales más agradecidas del país son los viveros, aquí llamados plant nursery (“guardería de plantas”), que florecen entre los vanos de las grandes infraestructuras.

La cortesía mostrada por los colegas de la Public Relations Society of Philippines (PRSP) ha compensado sobradamente el esfuerzo del viaje y la desesperación que provocan horas y horas de atasco. Pero me llevo de Manila una sensación inquietante: ¿Estamos a tiempo de restaurar las heridas que estamos abriendo en la piel del Planeta o es ya demasiado tarde? ¿Son realmente humanas ciudades como Metro Manila?

En el vuelo entre la capital de Filipinas y Dubai, el primero de los dos que he necesitado para volver a casa, disfruto del magnífico sistema de entretenimiento de Emirates, una compañía aérea fastuosa en la que tienes la impresión de ir sentado sobre barriles de petróleo. La tripulación está formada por trabajadores de muy diversas nacionalidades y muestra un comportamiento exquisito. Me sumerjo en el visionado del documental “Love thy nature”, ganador de numerosos premios, aunque en ocasiones parece un producto patrocinado por la empresa Biomimicry 3.8.

El mensaje del documental dirigido por Sylvie Rokab es sencillo: tenemos que abandonar la idea del dominio de la naturaleza y reconectar con ella. Hace su llamada sin caer en el dramatismo, porque es tan evidente que la Tierra necesita un descanso por parte del ser humano que no hace falta mostrar el lado más salvaje de la destrucción que estamos provocando. Un deterioro que se concentra en una pequeñísima parte de la existencia del Planeta, apenas en el último minuto (equivalente a tres siglos) si condensamos los 4.000 millones de años de historia en un solo año.

Tenemos que concebir al Planeta como un único ser interconectado, una unidad que reivindicó otro documental que me impresionó mucho (“Unity”). Del dominio hemos de pasar a la integración, una comunión biológica con nuestra propia naturaleza. “Cuando estoy en la naturaleza me siento mejor persona”, dice uno de los protagonistas. Suscribo este sentimiento, que se transforma en emoción cada vez que me enfrento a una montaña.

Reconectar con la naturaleza nos permitirá reconciliarnos con la creación y con nosotros mismos. La solución a los problemas medioambientales del Planeta no está en la tecnología, sino en las personas. Cada uno de nosotros tiene la capacidad de cambiar su forma de relacionarse con el entorno y lograr pequeñas simbiosis que logren una gran unidad con la tierra que nos acoge, nos calienta, nos da de comer y nos recoge en la hora de la muerte.

El documental termina con una llamada a la acción:

“Sube a un árbol,

come una fruta jugosa,

baja un río,

se salvaje en algún momento,

duerme bajo las estrellas,

visita un lugar que te deje sin respiración,

déjate llevar por los pensamientos,

deja que la naturaleza te toque,

explora tu mundo interior,

deja que la naturaleza te acoja,

come carne de animales que sean criados con humanidad,

apoya a organizaciones que protejan la naturaleza,

compra solo productos de compañías que traten bien a la naturaleza (incluidas a las personas),

habla con la Naturaleza,

vota a favor de la Naturaleza.

 

Sé el cambio que deseas ver en el mundo”. Ghandi.”

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