10Mar
2018
Escrito a las 11:25 am

Desde pequeño me atraen las montañas y no sabía por qué. Tampoco he descubierto jamás cómo prendió en mí la pasión por escribir, en cuyo regazo se acunó la vocación por el periodismo. Lo cierto es que cuando apenas había cumplido la veintena me gasté una de mis primeras pagas en viajar a Nepal para ver el Everest, la reina de las montañas. Bastantes años después, ya cumplidos los 40, experimenté la que probablemente será la mayor aventura física de mi vida: ascender al Monte Kilimanjaro, el techo de África. Originariamente aquella gesta tuvo más de gesto que de hazaña porque fue fruto de un exceso de vermú y testosterona con los amigos; sin embargo, con el devenir del tiempo ha retornado al significado del vértigo que impregna mi vida y del que las cimas son solo un síntoma y una expresión.

Jamás me había preguntado por qué me gusta subir montañas. Es fácil acudir a la metáfora de los desafíos, pero no explica suficientemente mi afición. La respuesta llegó hace un par de semanas de la mano de un libro, un auténtico regalo para mi alma: Nanga Parbat, de David Torres.

El título hace referencia a uno de los 14 ochomiles de la Tierra, el Nanga Parbat (8.125 metros), ubicada en la cordillera del Karakórum (Pakistán). En el lado sur de la “montaña desnuda” (traducción literal) se encuentra la pared más grande del mundo, también considerada la prominencia más alta del Planeta, la cara Rupal, que se eleva 4.600 metros desde su baseDurante mucho tiempo fue considerada “la montaña asesina”, a la altura del cruel K2, por la gran cantidad de víctimas que se ha cobrado. Una leyenda transmitida por los habitantes de las zona cuenta que la montaña siempre le cobra un tributo a aquel que intenta coronarla; de hecho, hay pocos escaladores que no hayan perdido en ella uno o varios dedos de la mano o del pie como consecuencia de congelaciones.

Esta cima fue hollada por primera vez en 1953 por una expedición austriaca, país que le ganó la carrera a Alemania, cuya comunidad montañera e incluso su régimen estuvieron obsesionados con ser los primeros en batirla. Para entonces las laderas congeladas del Nanga Parbat se habían convertido en la tumba de 31 alpinistas. Y desde aquel día la cifra de víctimas no ha hecho más que crecer. La dificultad de la montaña es tal que se ha resistido a su conquista en inverno hasta el 26 de febrero de 2016, fecha en la que la cordada formada por el español Alex Txikon, el pakistaní Ali Sadpara y el italiano Simone Moro, lo consiguió tras haberse enfrentado, entre otros inconvenientes, a temperaturas superiores a 50 grados bajo cero.

La novela de David Torres ambientada en tan grandiosa elevación comienza con dos citas: una de Rainer María Rilke y otra de Miguel Delibes. Definitivamente esta segunda invocación ha arrojado luz sobre mi atracción por las cordilleras. Dice así:

Los hombres se hacen. Las montañas están hechas ya“.

¡Qué gran descubrimiento! Los hombres no acabamos de hacernos nunca, aunque algunos sientan que ya están hechos. Los seres humanos nos hacemos todos los días mediante las relaciones y los conocimientos, abrazamos la vida para sentir el  calor de las experiencias que nos proporciona, recorremos un camino cuya cima ni siquiera es la muerte.

Definitivamente, busco en las montañas una senda para seguir construyéndome. La rudeza de las rocas acredita cuán frágil es la condición humana. La pendiente me invita a desprenderme del peso de la vanidad. La menor densidad del aire me recuerda que es imprescindible respirar buenos pensamientos y exhalar conductas cabales. El riesgo de tormenta me aconseja tener identificados los refugios. Alcanzar la cima es una satisfacción fugaz. El descenso es un ejercicio de humildad inagotable.

En la montaña mi alma camina desnuda, sin los pesados ropajes que tejen las percepciones ajenas, libre de los miedos que nos acechan en las urbes de la memoria. Y cuando se mira al espejo del ánima ya hecha de la montaña se convence de que sigue inconclusa, necesitada de nuevas vivencias. He subido ya muchas montañas, pero siento que mi lista siempre necesitará una cima más, porque si algún día no percibiese su atracción no tendría fuerzas para citarme con mi conciencia.

 

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