Ilustración de Irene Velasco Heres (@irealtair).

Érase una vez una aldea en la que vivían seis sabios ciegos en armonía con su intelecto. Un día cualquiera un vecino alteró su estado de placidez mental al traer un elefante. Los sabios, privados de visión pero empujados por su curiosidad, quisieron saber qué era tal animal mediante el tacto. El primero chocó contra su lomo y exclamó: «Es como una pared«. El segundo palpó uno de sus colmillos y sentenció: «Es como una lanza«. El tercero recorrió con sus manos la trompa y afirmó: «Es como una serpiente«. El cuarto tocó una de sus robustas patas y declaró: «Es como un árbol«. El quinto acarició sus orejas y aseveró: «Es como un abanico«. Y, finalmente, el sexto recorrió la cola con sus manos y llegó a su conclusión: «Es como una soga«.

Todos estaban parcialmente en lo cierto y, sin embargo, ninguno fue capaz de describir al animal en su conjunto. Incluso si sumasen las partes jamás entenderían cómo es un elefante.

Esta parábola, atribuida al sufí persa Muhammed Jalal al-Din Rumi, le sirvió a Erich Fromm para ilustrar la teoría del relativismo en su obra El arte de amar. Aunque mezclar percepción y relativismo puede resultar peligroso, sobre todo en el ámbito de la comunicación, sí nos puede servir para recordar a los empresarios que no sean ciegos a la hora de valorar la contribución que la comunicación, como función y como habilidad, puede hacer a su negocio.

La primera razón es que la comunicación es como ese elefante en la habitación que solo se hace visible cuando se mueve, es decir, cuando se produce una crisis que altera la normalidad y la percepción de la organización. ¿Si la comunicación es importante en circunstancias extraordinarias, por qué no habría de serlo en las ordinarias?

Si consideramos que la empresa es el elefante, ninguna persona de empresa quiere que el tacto parcial determine la percepción del conjunto. En consecuencia, es imprescindible que alguien con criterio transversal se encargue de unificar las percepciones, de tal suerte que la suma de las partes no sea un constructo indefinible, sino un ser vital dotado de consciencia y conciencia. Por eso marketing puede, pero no debe ocuparse de la comunicación corporativa, ya que ha de producirse un equilibrio ponderado de los grupos de interés. No sólo de clientes vive la empresa, aunque sean imprescindibles.

El paquidermo no vive solo, forma parte de un ecosistema. El comunicador debe tener la habilidad de ver, analizar e interpretar qué ocurre en el entorno de la organización. Su mirada es imprescindible para orientar cómo deben relacionarse las distintas partes del elefante con el fin de que su caminar sea armonioso y lleve hacia la dirección deseada. La función de comunicación tiene que ejercer el liderazgo contextual, una guía que conecta el pasado (la historia de la organización) con el futuro (la visión) y que avanza con la inspiración del propósito.

El refranero español tiene su versión simplificada y directa de la parábola de los sabios y el elefante: «No hay peor ciego que el que no quiere ver«. Iluminemos al elefante para que los ciegos en el mundo de la empresa sean una inmensa minoría. Al fin y al cabo, los comunicadores nos dedicamos a arrojar luz sobre las tinieblas.

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