Fotografía de Carmen María Álvarez

Fotografía de Carmen María Álvarez

Mujeres y hombres, humanos al fin y al cabo, abandonaron el sedentarismo el día que descubrieron la ecuación crecimiento/sostenibilidad. Mientras el entorno más cercano producía los recursos suficientes para proveer a la tribu de alimento y cobijo no tuvieron la necesidad de pensar en la sostenibilidad, porque desde luego en ningún momento se plantearon renunciar al crecimiento. Se convirtieron así en nómadas y desde entonces condenaron a la Humanidad a la movilidad. O sea que ni el capitalismo es un invento por reacción de Marx y Engels ni la movilidad una campaña de marketing de los operadores de telecomunicaciones para vender más.

La vida es móvil desde que es vida, incluso después de la invención del sofá y la televisión. Me resulta extraño pensar que el tresillo sea anterior al televisor, porque es difícil entender el uno sin el otro. Tal vez la mente preclara que decidió unir varias sillas y forrarlas con goma-espuma ya intuía que los ocupantes tendrían que mirar para algún lado y qué mejor que hacerlo para el mismo sin tener que escucharse entre ellos.

La televisión, a la que llaman caja tonta pero realmente está llena de listos, pudiera ser una reminiscencia del sedentarismo que aún anida en el ADN del homo sapiens sapiens (según la antropología el hombre debe ser el doble de sabio que su antecesor, de tal forma que las mujeres, que como el mundo sabe son más listas que el sexo masculino, deberían denominarse mulier sapiens sapiens sapiens).

Tal ha sido la fuerza de la tele que los muy listos de las telecomunicaciones decidieron concederle la virtud del nomadismo y luchar  contra esa tendencia genética del homo sapiens a preferir una cerveza a un Aquarius libre. Como toda acción tiene su reacción, los fabricantes de sofás no están muy contentos con la personalización de los televisores; desde luego eran más felices cuando el rey de los electrodomésticos fomentaba la colectividad y la natalidad.

Y así, 195.000 millones de años después de que el hombre se volviera sabio, nos invitan a ver los partidos de fútbol, la cosa más importante de las cosas sin importancia, en palabras de Andrés Calamaro, en una pantalla de 4,5 pulgadas, apenas unos años después de haber plasmado su grandeza en los televisores de gran formato. No quiero sospechar que tal moda esconda una operación comercial de los fabricantes de gafas, un poco más sofisticada que la que en su día produjeron los vinateros de Napa Valley (la mítica Falcon Crest), o una campaña de street marketing de los constructores de farolas, para recodarnos que siguen ahí en plena calle sin que nadie repare en ellas más que cuando se funden. No se extrañen: he escuchado teorías conspirativas mucho más insólitas.

Bien es cierto que los adalides de la movilidad se apoyan en los avances de la cultura digital. Un reciente estudio del Reuters Institute for the Study of Journalism y el Center for internet studies and digital life de la Universidad de Navarra (Digital News Report) desvela que solo el 10% de las personas sigue utilizando para informarse un televisor conectado, el de toda la vida, frente al 46% que usa el teléfono móvil o el 21% la tableta. Por cierto, en ese mismo estudio el 78% de los encuestados asegura que recurre al ordenador “para cualquier función”, lo cual debe ser también la consecuencia de una fuga de ADN sedentario. A Apple le debe haber gustado el informe, porque desvela que “en España, por cada iPhone hay cinco teléfonos inteligentes de otras marcas” y que el 75% de los usuarios del aparato de la manzana recurren a él para informarse, frente un 58% “de otras marcas”.

Todo este asunto de la movilidad, cuyas conexiones genéticas me intrigan, me lleva a pensar que la Humanidad empieza a estar inmersa en una gran confusión, porque no es lo mismo “la vida es móvil” que “la vida en un móvil”. Quizá nos volvamos sedentarios de nuevo cuando agotemos todas las relaciones de nuestro entorno a fuerza de sumergirnos en nuestro smartphone o nos empachemos de tanta amistad virtual.

Artículo publicado en el número de agosto de la revista de APD

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