16Abr
2025
Escrito a las 7:31 pm
Local cerrado en una céntrica calle de Granada.

Paseando por Granada, una de las ciudades que mejor atestigua que la diversidad y el mestizaje son fuente de riqueza, me encontré con esta tienda. Ocupa uno de los bajos del edificio «La verdad», situado en la calle Capuchinas, casi en la esquina de la Plaza de la Trinidad y a escasos metros de la monumental catedral. Como se aprecia en la fotografía, el local muestra signos evidentes de abandono, aunque de momento se ha librado de la okupación (término aceptado por la Real Academia Española (RAE) para significar «la toma de un inmueble vacío sin consentimiento»).

La visión me parece alegórica de la situación en la que hoy se encuentra la verdad: abandonada, ensombrecida, ensuciada y empapelada.

Abandonada por la conciencia ética de muchas personas, de demasiadas. No hace falta acudir a los mandamientos cristianos para aceptar que la mentira quiebra la confianza. Y nuestra sociedad, tanto las relaciones como el sistema político, económico y social del que nos hemos dotado, descansa sobre la confianza. Si ésta se deteriora, no sólo entra en crisis el sistema, sino también las relaciones entre personas. A diferencia del local que ilustra este artículo, la verdad, como referencia moral básica, debería lucir limpia, lustrosa, transparente y a la vez sólida. El problema de nuestra sociedad infoxicada es que ha convertido a la verdad es una mera opción.

Ensombrecida por la sobreexposición de personajes con pocas luces y muchos focos, una combinación letal para un modelo de liderazgo en el que prevalezca la auctoritas sobre la potestas. Si además estos personajes no tienen reparo en mentir o en cambiar de opinión a conveniencia, el firme sobre el que circulan los hechos se convierte en barro. Y sobre el barro resbala todo.

Ensuciada por la mentira, la posverdad y cuantos eufemismos se han acuñado para justificar la ausencia de verdad. De hecho, sigo sin entender cómo la RAE aceptó a finales de 2017 la incorporación a su diccionario del término posverdad. Su misma definición («distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales») la invalida para utilizar en su seno la palabra «verdad». Aceptar la existencia de términos medios entre la verdad y la mentira nos aleja de la primera.

Y empapelada por versiones de la realidad cada vez más polarizadas, muchas de las cuales circulan a través de los medios de comunicación. Bien es cierto que los medios se alimentan de las versiones que crean todos los actores del sistema, especialmente los políticos, que han convertido a la noble política en un teatrillo repleto de frases ocurrentes, titulares explosivos y, sobre todo, de adjetivos calificativos y relacionales. Pero ese teatro se traslada luego en forma de opinión a las calles. Opinión que, a su vez, deviene a menudo en verdad absoluta, en una confusión profunda entre convicción y verdad. La creencia por delante de los hechos.

La democracia está amenazada, entre otros monstruos por la desinformación, cuyos padres son el déficit moral que padece la verdad. Ojalá la tienda de Granada que provocó esta reflexión sea pronto ocupada (con «c») por un negocio que recupere la luz, limpie la fachada y deje ver en su interior productos o servicios cargados de compromiso con el cliente. La verdad no puede permanecer abandonada, ensombrecida, ensuciada y empapelada. La verdad debe resplandecer para iluminar el camino de la democracia y la prosperidad. Ya tenemos demasiadas sombras.

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