
Hacía tiempo que una serie no me dejaba indiferente. Lo ha logrado Seven seconds, un drama criminal creado por la productora ejecutiva Veena Sud, que está basado en la película rusa The Major (2013), escrita y dirigida por Yuri Bykov. Aunque la primera temporada que consta de diez episodios fue lanzada en Netflix el 23 de febrero de 2018, yo la he devorado en la primera semana de este recién estrenado 2025.
La serie muestra lo difícil que es gestionar los prejuicios que nos atenazan. Sesgos culturales, religiosos, geográficos, de clase social, raza e identidad sexual, entre otros muchos que se alojan en lo más profundo de nuestro subconsciente. A menudo los confundimos con convicciones, lo cual hace mucho más difícil aún su gestión porque se vuelven reluctantes a otros puntos de vista.
Los prejuicios, en principio, no son buenos ni malos. La bondad o la maldad emanan de lo que hagamos con ellos y de lo que ellos hagan con nosotros. Si no somos conscientes de su existencia, los prejuicios gestionarán nuestra forma de ver el mundo y condicionarán la calidad de nuestras relaciones. Todo lo veremos a través de un cristal que distorsiona la realidad en favor de nuestras opiniones y a caballo de nuestras emociones. Sin saberlo, estaremos más cerrados a todo lo que nos rodea; es como si viésemos todos los paisajes con un único color.
La primera clave para gestionar los prejuicios y decidir qué hacer con ellos, es decir, evitar que ellos decidan por nosotros, es identificarlos. La segunda es saber a dónde nos llevan. Y la tercera es cuestionarlos de vez en cuando, primero mediante la reflexión interna y, después, contrastando con otras formas de ver, entender y actuar.
La batalla cultural en la que estamos inmersos, una más de la guerra que libran desde el principio de los tiempos el individualismo y la socialización y que habita en la misma esencia del ser humano, utiliza los prejuicios o sesgos como munición. Los grandes ideólogos de nuestro tiempo (grandes en el sentido de conocidos e influyentes) no tienen interés alguno en que reflexionemos, solo buscan que actuemos rápido al servicio de sus causas ideológicas. Necesitan que los prejuicios vayan por delante abriendo camino inclinado hacia su forma de ver e interpretar el mundo. Por eso jamás transmiten duda, sino una enorme seguridad en sí mismos.
Los líderes de los prejuicios y en prejuicios se sienten como el flautista de Hamelin guiando a niños hacia la cueva de su escaso pensamiento. Resulta curioso que en algunas versiones de la leyenda alemana recreada por los hermanos Grimm varios niños no llegaron a la cueva condenatoria gracias a sus discapacidades, lo cual permitió informar a los padres y salvar a todos los infantes. La discapacidad les permitió darse cuenta de las perniciosas consecuencias que tenía seguir el sonido de la flauta.
Siete segundos bastan para desarmar un prejuicio, para quitarle le espoleta y evitar que su explosión hiera a otros y a nosotros mismos. Ese pequeño lapso de tiempo es suficiente para poner a funcionar el mecanismo de la duda, que es el principio rector de la ciencia, y reflexionar sobre lo que vamos a decir, desde dónde lo vamos a decir o lo que vamos a hacer. Siete segundos para frenar ese impulso de seguir al flautista sin preguntarse por qué lo hacemos. Siete segundos para escuchar y escucharnos. Siete segundos para hacernos más humanos entre humanos. Siete segundos para evitar arrepentirnos durante toda una vida.
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