2026
Conversaciones registradas durante la travesía «Ártico II: al filo de lo imposible» organizada por Oceanosophia

Conversando con Javier Cacho durante uno de los paseos realizados durante la travesía Ártico II.
En la Antártida hay una isla que lleva su nombre: «Cacho Island». Es el reconocimiento a su brillante actividad científica vinculada a este continente. Físico, comenzó su labor de investigación en 1976 en la Comisión Nacional de Investigación del Espacio, especializándose en el ozono estratosférico. En 1986 formó parte de Primera Expedición Científica Española a la Antártida. En 1988 y 1989 regresó a la Antártida para continuar sus investigaciones desde la base argentina de Marambio. Dirigió durante tres campañas la base española Juan Carlos I allí ubicada.
Convencido de la investigación debe ser acompañada por la divulgación, es el creador de la Unidad de Cultura Científica del INTA. Tiene varios ensayos publicados sobre expediciones polares: Amundsen-Scott: Duelo en la Antártida (2011), Shackleton, el indomable (2013), Nansen, maestro de la exploración polar (2017) y Yo el Fram. El buque más famoso de la historia de la exploración polar (2018).
La conversación con Javier Cacho es la primera de las cuatro mantenidas a bordo de la goleta Antigua durante la travesía Ártico II: al filo de lo imposible, organizada por Oceanosophia.
José Manuel Velasco (JMV): ¿Cómo se ve el mundo desde el continente blanco? ¿Cuál fue tu experiencia en la Antártida?
Javier Cacho (JC): Se ve muy lejano. Las preocupaciones políticas, sociales o deportivas desaparecen y te concentras en lo que tienes alrededor, porque es lo único que tienes y porque estás en un entorno peligroso que debes soportar. Si eres jefe de base, además, tienes que estar pendiente de las personas que están contigo.
La comunicación con el exterior era muy limitada. Hablaba con mi mujer aproximadamente una vez cada cuatro días y las llamadas tenían que ser muy breves. Recuerdo que me enteré de la caída del Muro de Berlín por una noticia en la televisión argentina. Al principio pensé que podía ser una prueba psicológica: llevaba dos meses aislado y nadie había previsto que aquello pudiera ocurrir.
Las llamadas con la familia eran una especie de cordón umbilical con la realidad, pero los dos -mi mujer y yo- evitábamos contar los problemas. Nos preguntábamos cómo estábamos, cómo estaban la niña y nuestros padres, y siempre respondíamos que todo iba bien. Sabíamos que nos ocultábamos cosas para no añadir preocupación. Si estás aislado y piensas constantemente en los problemas de casa, acabas sufriendo más.
JMV: ¿Cómo ves el mundo de la exploración y la ciencia en España?
JC: Aunque hace tiempo que me alejé de la investigación, creo que vivimos un buen momento. Hay recursos, buenos equipos y centros de investigación. El principal talón de Aquiles está en las condiciones laborales: los salarios son bajos y los contratos, muy temporales.
Así es difícil atraer a investigadores que se han formado en el extranjero y quieren regresar. También cuesta retener a quienes trabajan aquí. Si tienen que superar diez años de obstáculos antes de conseguir un empleo estable y un salario digno, es comprensible que se planteen abandonar la investigación.
JMV: ¿Tienen los científicos el reconocimiento que merecen en nuestro país?
JC: Creo que sí. Cuando se pregunta por los colectivos más valorados, los científicos suelen aparecer entre los primeros y los políticos, entre los últimos. La idea de Unamuno de que investiguen otros ha quedado muy atrás. Los españoles se sienten orgullosos de sus investigadores y son conscientes de las dificultades que afrontan.
También valoran que, pese a esas dificultades, sigan trabajando por el bien común. En sus distintas disciplinas, los científicos no buscan únicamente el reconocimiento personal: intentan aportar algo al conjunto de la sociedad.
JMV: En el Trust Barometer, los científicos aparecen como el colectivo con mayor credibilidad. Creo que, precisamente por eso, deberían estar más presentes en los medios. Los científicos tendrían que hacer un esfuerzo mayor por comunicar y los medios dedicar más espacio a sus opiniones, en detrimento de otros colectivos. Necesitamos voces científicas para combatir la desinformación.
JC: Estoy de acuerdo. También necesitamos incorporar a la opinión pública la forma de pensar de la ciencia: no funciona en términos absolutos de blanco o negro, sino que admite que algo puede ser así o no, que hay que estudiarlo, profundizar y valorar distintos aspectos. Esa actitud puede ayudar a combatir la desinformación.
Los científicos hemos tenido tradicionalmente cierto miedo a los periodistas. Recuerdo mi primera entrevista: cuando el periodista sacó la grabadora, me quedé aterrorizado. Era una de mis primeras experiencias con la prensa, a raíz del trabajo sobre la capa de ozono. El problema es que nosotros explicamos las cosas con muchos matices y el periodista necesita sintetizarlas. En esa síntesis puede perderse precisión, algo que preocupa mucho a los científicos, también por el juicio de sus colegas. Somos muy celosos de nuestro prestigio dentro de la comunidad científica.
Cuando empecé a divulgar, en los años 1986 y 1987, la divulgación estaba muy mal vista. Ahora ha cambiado: los programas nacionales de ciencia exigen dedicar una parte de las ayudas a comunicar los resultados, por ejemplo contratando a un periodista, produciendo vídeos o preparando materiales para la sociedad. Es un paso adelante.
JMV: ¿Se está comunicando bien la ciencia?
JC: Creo que sí se ha avanzado. Hay más científicos dispuestos a comunicar y más periodistas especializados. También contamos con buenos programas de divulgación. Hoy puedes hablar con periodistas que llevan toda su vida profesional dedicados a la ciencia y que conocen los conceptos básicos. Ya no tienes que explicarles desde cero cuestiones como la diferencia entre la Antártida y el Ártico.
La comunicación sigue siendo difícil, pero la especialización de los periodistas facilita mucho el trabajo.
JMV: Volvamos a la Antártida. España tiene allí dos bases. ¿Qué estamos aprendiendo?
JC: Se investiga en muchos campos, sobre todo mediante investigación básica. La Antártida es un laboratorio de vida en condiciones extremas. Estudiamos cómo se adaptan los animales. Por ejemplo, algunos peces viven en aguas muy frías y han desarrollado sustancias anticoagulantes que mantienen fluida su sangre. Si conseguimos sintetizarlas, podrían tener aplicaciones médicas, como ayudar a personas con problemas de circulación.
La Antártida también concentra un gran número de meteoritos y ofrece condiciones excepcionales para la astronomía. Es un lugar magnífico para instalar telescopios, aunque tiene una dificultad importante: durante unos siete meses al año, en invierno, la zona queda aislada. Los investigadores tendrían que permanecer allí todo ese tiempo o recurrir a procedimientos automáticos.
Otra línea de trabajo consiste en perforar el hielo y extraer testigos de distintas profundidades. El análisis de las proporciones de isótopos de oxígeno permite estimar las temperaturas que había cuando se depositó la nieve. Además, las burbujas atrapadas en el hielo aportan información sobre la evolución del clima del planeta. Hay, por tanto, muchos campos de investigación.
JMV: ¿Prefieres hablar de calentamiento global o de cambio climático?
JC: Prefiero no pronunciarme demasiado porque los científicos procuramos no salirnos de nuestro campo de especialización. Cuando lo hacemos, enseguida puede aparecer alguien que nos recuerde que algo no es exactamente así. Esa exigencia de precisión y rigor es positiva.
Si tuviera que elegir, utilizaría el término cambio climático. Creo, como la mayor parte de los científicos, que una parte está inducida por las actividades humanas y que otra puede responder a procesos naturales, algunos identificados y otros que todavía no conocemos bien. Es difícil responder con un sí o un no a la pregunta de si somos los culpables.
En cualquier caso, debemos reducir el impacto que sabemos que producimos, aunque solo sea por prudencia y sin caer en el catastrofismo. Nuestro consumo tiene consecuencias: traemos alimentos desde Perú o Sudáfrica que podríamos consumir de temporada y de proximidad, y cambiamos de ropa con mucha frecuencia. Esos productos requieren fabricación y transporte. Debemos tomar conciencia de que nuestro impacto es considerable e intentar reducirlo.
JMV: Hay evidencias científicas del impacto de las actividades humanas sobre el planeta. ¿Por qué crees que los negacionistas del cambio climático tienen seguidores y parecen estar ganando apoyos?
JC: Porque negar el problema es una solución muy fácil. Si aceptas que eres responsable, aunque solo sea de una parte del cambio climático, tienes que cambiar algunos hábitos, por pequeños que parezcan.
Por ejemplo, conducir a 120 kilómetros por hora consume más que hacerlo a 90, y a 140 el consumo aumenta todavía más. También puedes plantearte de dónde vienen los alimentos, reutilizar la ropa o reducir determinados desplazamientos. Incluso habría que considerar hacer menos turismo.
Disfrutar de un viaje y conocer la naturaleza tiene efectos positivos: volvemos renovados y apreciamos su belleza. Pero también debemos reconocer que desplazarnos miles de kilómetros y utilizar distintos medios de transporte tiene un coste ambiental. Si pensamos que contribuimos al problema, tenemos que asumir decisiones sobre nuestra propia vida.
JMV: Supimos resolver el agujero de la capa de ozono. ¿Es irreversible el cambio climático?
JC: No lo sé. Quiero pensar que podemos resolverlo y procuro transmitir ese mensaje. Si fuimos capaces de actuar frente al agujero de ozono, ¿por qué no vamos a poder hacerlo ante otros problemas?
La diferencia es que, en aquel caso, se identificaron unos compuestos concretos que se utilizaban en refrigeración, aire acondicionado y limpieza de equipos electrónicos. Fue relativamente sencillo encontrar alternativas. Además, ocurrió en los años ochenta, cuando los políticos respondieron con rapidez a aquella primera llamada de atención: costaba creer que estuviéramos alterando a escala planetaria el equilibrio de un compuesto fundamental.
Ahora hay intereses industriales mucho mayores y nos hemos acostumbrado a escuchar advertencias. No hemos conseguido acuerdos y medidas equivalentes para limitar otros gases y actividades. También hay cuestiones que todavía no están claras. El problema es más amplio y, por tanto, lo veo más complicado.
JMV: Se suele decir que los exploradores tienen en común que sueñan. ¿Crees que las sociedades desarrolladas hemos dejado de soñar y vivimos demasiado en el presente?
JC: Probablemente soñamos de otra manera, con cosas más materiales. Soñamos con viajar a la Antártida, a Pakistán, China o Mongolia, o con visitar la Torre Eiffel. Pero quizá soñamos menos con construir una sociedad mejor y preparar el futuro para que nuestros hijos y nietos vivan mejor.
Me maravilla pensar en alguien que planta un árbol sabiendo que las manzanas las recogerán sus hijos o sus nietos. Plantar un árbol implica pensar a veinte o treinta años vista, en la siguiente generación. Creo que hemos perdido parte de esa capacidad de proyectarnos en el tiempo: queremos que todo ocurra deprisa.
JMV: La sociedad de la inmediatez.
JC: Exactamente. Nos cuesta pensar en la transmisión y en el futuro. Todos queremos que nuestros hijos estén bien y tengan un buen trabajo, pero eso suele expresarse de una forma muy genérica. Falta la disposición a hacer hoy algo cuyo resultado quizá no veremos nosotros. Hemos sustituido parte de esos sueños de largo plazo por aspiraciones más materiales e inmediatas.
JMV: También hay mucho discurso sobre el propósito y el legado que parece más una pose que un sueño real. Hay superficialidad y mucho vivir el presente, aunque vivir el presente también esté bien.
JC: Quizá por eso también se pierde capacidad de ahorro. Es cierto que se puede ahorrar menos porque se gana poco, pero también porque vivimos y consumimos de otra manera. Si todos los fines de semana salimos a un hotel o a un restaurante, ese dinero ya no se destina a otros objetivos.
Cuando comparo nuestra vida con la de nuestros padres, veo que ellos salían mucho menos y tenían objetivos concretos: comprar una casa o dar educación a sus hijos. Eran otros tiempos, ni mejores ni peores, pero había una idea muy clara del legado: ahorrar y sacrificarse para dejar algo a los hijos. Mi padre era cartero y nuestra familia no tenía grandes recursos. Algunos amigos le preguntaban por qué no me ponía a trabajar al terminar determinados estudios, como habían hecho ellos con sus hijos. Mis padres prefirieron que siguiéramos estudiando, aunque eso supusiera un esfuerzo económico. Ese fue el legado que quisieron dejarnos.
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