31Oct
2016
Escrito a las 9:27 am

actitud

La formación determina en un porcentaje muy elevado las aptitudes de la persona. Entre ellas destaca el conocimiento, que es una combinación de experiencia, aprendizaje y curiosidad. La primera es pasiva, pues basta con acumular comportamientos relacionados con hechos y circunstancias. Sin embargo, aprendizaje y curiosidad son actitudes imprescindibles para catalizar el conocimiento a partir de la experiencia. De hecho, ésta última no es lo que te ha pasado, sino lo que has aprendido con ello. De nuevo, actitud.

Las aptitudes configuran el motor de las personas. Las actitudes son el combustible que lo alimenta.

Inmersos en la economía del talento, los comunicadores tenemos la responsabilidad de liderar los procesos de diálogo que articulan la gestión de las organizaciones. La primera responsabilidad es conectar mediante conversaciones los talentos que atesoran los distintos grupos (e individuos) de interés, generando espacios de cocreación.

El intercambio de conocimientos, experiencias, perspectivas y visiones es la chispa que enciende la llama de la cooperación y que, a su vez, alimenta la hoguera de la innovación. Para que el fuego de las ideas compartidas caliente el hogar de la organización es imprescindible que se mezclen los combustibles de los distintos conocimientos en un espacio entre iguales, abierto y estimulante.

Por primera vez en la historia de nuestra profesión tenemos la oportunidad de situarnos en el epicentro de los procesos de creación de valor. En el siglo XX la función de comunicación fue esencialmente periférica, incluso cuando ha estado situada junto al poder ejecutivo y ha interactuado con él. Hemos de reconocer que nuestra capacidad de influir sobre el core business ha sido limitada. Comenzamos a aproximarnos a la zona de las decisiones estratégicas cuando nos convertimos en los abogados de los grupos de interés al trasladar sus inquietudes a los órganos de dirección. Sin embargo, seguíamos o seguimos en muchos casos ejerciendo como meros portavoces, sin una influencia real sobre la estrategia de la organización.

Para pasar de las palabras de los hechos, de las musas al teatro, los comunicadores tenemos que desarrollar las actitudes que acreditan el carácter estratégico de nuestra función. Entendemos como estratégico aquello que es capaz de traer valor desde el futuro haciendo caminos hacia un porvenir compartido. Estas actitudes se pueden entrenar, pero para ello se requiere el compromiso con el aprendizaje desde la humildad.

He aquí las diez actitudes que hoy demanda el ejercicio de nuestra profesión:

1. Observar y ver. El comunicador debe desarrollar la capacidad de mirar a su entorno y ver cuáles son los rasgos que lo definen. Tiene que ver más allá de las razones, descubrir las emociones que movilizan a las personas con las que interactúa. La tecnología nos facilita enormemente la tarea de ver qué dicen los datos, identificar tendencias y acotar caminos. El big data es un gran aliado del comunicador.

2. Contextualizar. La noticia se ha convertido en una commodity, la clave está en el contexto. El comunicador tiene entender y hacer entender el contexto en el que se produce una decisión, creando un relato en el que se puedan integrar todos aquellos que se sienten concernidos por la acción de la organización. Dar los argumentos y crear los espacios para que cada narración individual se convierta en una narrativa colectiva.

3. Visualizar futuros. Hoy no basta con definir objetivos, sino que hay que recrearlos mediante ejercicios de visión. El futuro debe ser visualizado. Los actores del presente han de verse allí, en la meta, sentirse en ella y trazar el camino desde el convencimiento de que es posible alcanzarla, de hecho, ya lo han hecho en su mente. Visualizar futuros requiere tener perspectivas críticas, imaginar caminos diferentes y, sobre todo, presentir las emociones que allí, en ese porvenir, se pueden sentir.

4. Escuchar empáticamente. Hemos de pasar del dircom simpático al comunicador empático. El profesional inteligente y perspicaz es capaz de ponerse en la piel del interlocutor, hacerse cargo de cómo se siente e intentar ver desde su perspectiva. El comunicador tiene que practicar la empatía afectiva y la cognitiva, sentir y ver como el otro, situarlo en sus razones y emociones, interpretarlo en su escenario.

5. Ser preciso en el lenguaje. El comunicador debe hablar con propiedad. Su lenguaje ha de ser preciso y comprensible porque es precioso para el proceso de diálogo. La digitalización de la comunicación no ha ayudado a la precisión del lenguaje, porque ha primado la celeridad sobre el rigor, la brevedad sobre la riqueza del detalle. Los comunicadores somos responsables de lo que decimos y de cómo lo decimos. Hemos de cuidar el lenguaje, la herramienta que crea la realidad en la que habitamos.

6. Catalizar consensos. El conflicto es un compañero inseparable de la condición humana. El conflicto crea la necesidad del diálogo. Allí donde existe un conflicto falta una conversación. Hemos de saber gestionar una conversación, navegar a través de sus distintas fases y catalizar consensos a partir de la comprensión de las distintas posiciones planteadas. Aprender a resolver conflictos requiere saber gestionar conversaciones.

7. Evaluar para aprender. Este verbo va mucho más allá de medir. Evaluar es aprender de los resultados, convertir los indicadores en palancas de la experiencia. El acto de evaluar requiere previamente la valentía de aceptar el error, lo cual exige, a su vez, reconocer la propia vulnerabilidad. Cuando el error se toma como una fuente de aprendizaje el fracaso desaparece del vocabulario profesional porque se convierte en una oportunidad para mejorar.

8. Compartir el protagonismo. El nuevo mundo digital demanda una revisión del protagonismo: el yo debe integrarse en el nosotros. En la vieja economía, el dircom estaba al servicio del protagonismo de su jefe o de su organización, incluso a veces de sí mismo. En la nueva economía del conocimiento y de la compartición, el comunicador es un aglutinador de protagonismos individuales para convertirlos en un relato colectivo.

Las organizaciones forman parte de una cadena de comunicación comunitaria, son un nodo más de una red que está tejida con las inquietudes de las personas y sus circunstancias. Tal vez el ejercicio más difícil que exige la adaptación a la nueva economía sea convencer a los líderes de las organizaciones de que su protagonismo solo tiene sentido cuando es compartido. Dejar atrás la vanidad producirá muchas lágrimas.

9. Emocionar y emocionarse. Decidimos desde la emoción, justificamos desde la razón. De acuerdo con este precepto es imprescindible identificar las emociones propias y ajenas para entender los comportamientos. El mundo cartesiano está en revisión porque se había olvidado de las emociones, consustanciales a la condición humana. Inmersos en la sociedad postindustrial, más líquida que sólida, no debemos pensar tanto en los porqués como en los para qué. Dado que la emoción es un disparador que permite anticipar un comportamiento, percibirlas es el primer paso para gestionarlas. Tenemos que ir a una escuela en la que nos enseñen a sentir y ser sentidos.

10. Actualizarse y ‘actitudializarse´. Ejercer este oficio implica tener la humildad de ‘desaprender’ para volver a aprender, realmente para estar siempre aprendiendo. La velocidad de los cambios tecnológicos es tal que pretender estar a la última significa empezar a entender la penúltima innovación. Hemos de actualizarnos tan rápido como el contexto en el que nos movemos. Estar al día no significa estar a la última, sino dejar atrás los malos hábitos, incorporar nuevas creencias, reciclarse constantemente y asegurarse de que las actitudes lideran siempre las aptitudes.

En síntesis, el comunicador  es una persona que observa el mundo, lo analiza, lo decodifica y lo convierte mediante un relato veraz e integrador en tantos mundos como personas habitan en él. Nuestro mundo es una conversación entre aptitudes y actitudes.

 

La actitud es contagiosa.

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