2026
Conversaciones registradas durante la travesía «Ártico II: al filo de lo imposible» organizada por Oceanosophia

Alberto de Zunzunegui entiende la vida como una navegación: aunque tengas claro tu destino debes adaptarte a las condiciones del mar, en ocasiones placenteras y otras muy desafiantes, dejarte seducir por la belleza de la naturaleza y escuchar el sonido del entorno, especialmente el de las palabras que te regalan las personas que te rodean.
De verbo fácil y pausado, Alberto piensa lo que dice y dice lo que piensa. Su ritmo deja que los pensamientos expresados resuenen en la mente del interlocutor, aunque cuando el asunto lo requiere la fuerza de las opiniones se manifiesta como una ola. Su visión ética de la vida, basada en la responsabilidad individual, impregna su Oceanosophia, travesías temáticas en barcos de vela, históricos o singulares, donde el mar, el conocimiento y la convivencia se combinan para crear una experiencia que va más allá del viaje.
Recientemente he tenido la suerte de compartir esta experiencia en la travesía titulada «Ártico II: al filo de lo imposible». Esta conversación tuvo lugar en el Antigua, un bergantín goleta que nos llevó por los fiordos del norte de Noruega, cerca de Cabo Norte, el punto más septentrional del continente europeo. En esta travesía afloraron las tres virtudes del pensamiento occidental (desde los griegos hasta Kant) que están muy presentes en las respuestas de Alberto: el bien, la verdad y la belleza.
José Manuel Velasco (JMV): ¿Cuál es la filosofía de Oceanosophia? ¿Qué es lo que nos ha traído hasta aquí?
Alberto de Zunzunegui (AZ): Oceanosophia invita a hacer un viaje interior, además de navegar y descubrir lugares del planeta. A menudo olvidamos que lo más desconocido que tenemos somos nosotros mismos. Ese viaje interior suele quedar postergado por el ritmo diario, las responsabilidades y el exceso de información y de noticias.
Queremos crear las condiciones para que cada persona pueda detenerse, hacerse preguntas y reflexionar sobre sí misma y sobre el mundo que habitamos. Lo resumimos en una frase: “La aventura del conocimiento y el viaje interior a través del mar”.
JMV: Yo venía con las respuestas claras y creía haberme psicoanalizado suficientemente. Sin embargo, después del viaje siento la necesidad de profundizar en ellas y, sobre todo, de ponerlas en acción. ¿Qué conversaciones genera o cataliza la navegación?
AZ: La navegación propicia conversaciones más profundas. En los entornos profesionales y en los eventos solemos llevar una coraza; pensamos en nuestros objetivos y en el posible interés de la persona con la que hablamos. En un barco, la convivencia durante varios días hace que esas barreras pierdan fuerza y que acabemos mostrándonos como somos.
Además, el mar suele situar a los participantes fuera de su zona de confort. Esa cierta inseguridad nos predispone a escuchar con más atención. También influye el entorno: contemplar una aurora boreal, por ejemplo, hace difícil mantener una conversación trivial. La grandeza del paisaje invita a abrirse y a compartir sentimientos.
Si alguien recuerda con emoción a su pareja fallecida al contemplar una aurora, la respuesta natural es acoger ese sentimiento, mostrar comprensión o compartir una experiencia propia. Así surgen conversaciones más humanas y auténticas, capaces de crear vínculos especiales entre quienes las comparten.

JMV: El barco y el entorno desnudan al personaje. A menudo actuamos desde el personaje y no desde la persona. La navegación permite mostrar esa dimensión personal, algo que también buscamos en oratoria: comunicar más desde la persona que desde el personaje. ¿Qué nos enseña navegar?
AZ: La navegación enseña, ante todo, humildad y verdad. Santa Teresa de Jesús decía: “La humildad es andar en verdad”. En el mar no puedes engañarte sobre las condiciones de navegación, el estado de la mar o la meteorología. La realidad se impone y obliga a reconocer nuestras limitaciones y a rebajar la soberbia: quienes mandan son los elementos.
Los conocimientos y la práctica ayudan a afrontar las dificultades, pero no eliminan esa lección de humildad. El mar también nos acerca a la naturaleza y a la vida que nos rodea, una realidad que a menudo olvidamos.
JMV: ¿Hacia dónde navega la Humanidad?
AZ: Creo que la Humanidad ha perdido sus referencias. De la misma forma que un barco en medio de una tempestad necesita conocer su rumbo y localizar el norte, las sociedades necesitan valores que las orienten. Sin ellos, corren el riesgo de naufragar.
Las referencias morales —el bien, la verdad y la belleza— han ido quedando de lado. Para nuestra generación, la tradición cristiana y el catolicismo ofrecían un norte moral basado en principios universales: amar al prójimo, ser generoso ante el dolor ajeno, practicar la solidaridad, reconocer la igualdad y defender la justicia.
Ese mensaje, que lleva dos mil años presente, se ha ido sustituyendo por lo que considero nuevas religiones y por una alteración de las referencias: lo que antes era blanco ahora es negro, y viceversa. También se ha confundido tecnología con prosperidad. Una sociedad puede tener mucha tecnología y ser, al mismo tiempo, decadente.
Vivimos, a mi juicio, un momento de oscuridad y de pérdida de valores. En su lugar se impone a veces el pensamiento único: quien no está alineado con ese pensamiento no tiene derecho a opinar y acaba siendo etiquetado o incluso cancelado.

JMV: Estoy de acuerdo. He escrito que el déficit moral nos lleva a sustituir las referencias compartidas —culturales o religiosas— por códigos morales hechos a medida de los intereses de cada uno.
AZ: Eso es relativismo moral: considerar que cada persona tiene su propia ética. Pero lo que es ético lo es, y lo que no es ético no lo es. Ni todo lo que es legal es necesariemente ético, ni todo lo que es ético está recogido siempre en una ley.
Hemos perdido referencias en favor de los intereses individuales y partidistas. Resulta paradójico que una sociedad capaz de producir personas excelentes en la medicina, la abogacía, la ciencia y otros ámbitos no siempre esté dirigida por personas de excelencia moral, que es la que debería exigirse a quienes lideran.
Para pilotar un avión se requieren formación, pruebas psicotécnicas y controles médicos. Cualquiera puede formarse para hacerlo, pero no cualquiera está capacitado para asumir esa responsabilidad. Sin embargo, para ser ministro o presidente no se exige una preparación equivalente, pese a que sus decisiones afectan a millones de personas. Incluso para tareas más sencillas, como manipular alimentos o ejercer de monitor de tiempo libre, se requieren acreditaciones.
La comparación resulta llamativa: para cazar se exige una licencia y superar pruebas, mientras que para asumir las máximas responsabilidades políticas no se requiere una evaluación de la estabilidad emocional o de las aptitudes personales. En algunas empresas se realizan incluso análisis grafológicos a los directivos. Es una contradicción que quienes gobiernan no tengan que acreditar una excelencia acorde con la responsabilidad que asumen.
JMV: En esa línea, ¿ha perdido prestigio la ciencia?
AZ: Más que perder prestigio, ser científico se ha convertido en una profesión de riesgo. Cuando una sociedad no premia el mérito ni apoya adecuadamente la investigación, la ciencia sale perjudicada.
Lo ocurrido en el CNIO, el instituto dedicado a investigar el cáncer, con fondos destinados a obras de arte y otras presuntas corruptelas, es un ejemplo desalentador. Lo conocido puede ser solo la punta del iceberg. Un investigador que dedica su vida a combatir el cáncer necesita vocación y compromiso para seguir adelante, pero descubrir que los recursos se utilizan de ese modo supone un golpe enorme a su motivación.
España es un país con recursos, pero las prioridades presupuestarias son discutibles. Se destinan cerca de 5.000 millones de euros anuales a cooperación exterior, mientras que instituciones esenciales para la cultura y la investigación padecen limitaciones.
La ciencia y la investigación deberían ser sectores estratégicos. En un país que dispone de recursos y también incurre en gastos discutibles, es difícil aceptar que sus científicos tengan que trabajar con medios insuficientes.
JMV: ¿Crees que es irreversible el daño que el ser humano está infligiendo al planeta?
AZ: No creo que haya nada irreversible, pero debemos reconocer que la actividad humana deja una huella en el planeta y que tenemos la obligación de cuidarlo. No somos sus propietarios, sino usufructuarios: hemos recibido un planeta de nuestros antepasados y debemos transmitirlo a las generaciones futuras.
La sostenibilidad debe estar presente en nuestra actividad: en la eficiencia, la investigación de nuevos modelos energéticos y el desarrollo de energías renovables. Otra cuestión es que ese concepto se utilice con fines ideológicos o políticos para manipular a la sociedad.
A mi entender, en nombre de la sostenibilidad se está produciendo una transferencia de riqueza desde las clases medias hacia las grandes corporaciones y las élites dirigentes. Esta desposesión reduce el ahorro de las familias y sus posibilidades de prosperar y ello afecta a la movilidad social. En España, el índice de Gini lleva años estancado.
JMV: Has pasado de la sostenibilidad a la desigualdad. Entiendo la relación, aunque el salto es considerable. La desigualdad vuelve a crecer en los países desarrollados y la clase media se está debilitando. Recuerdo una frase de un gran empresario español que, después de asistir a Davos, me dijo: “La globalización condena a la clase obrera a la pobreza”. Antes la clase obrera miraba hacia la burguesía como referencia de mejora económica; ahora teme caer un escalón más abajo. Y la burguesía teme volver a convertirse en clase obrera en términos de ingresos y calidad de vida.
Vuelvo al barco. En un momento de la navegación nos pediste que guardásemos silencio para contemplar el paisaje. ¿Qué querías que escuchásemos?
AZ: Quería que escuchásemos lo que las palabras suelen ocultar. Cuando hablamos, atendemos a quien tenemos delante, pero no podemos prestar la misma atención a todo lo que sucede alrededor.
El silencio no es ausencia de sonido: permite percibir cosas que normalmente pasan desapercibidas. En el Ártico, por ejemplo, la niebla amortigua y concentra los sonidos. Entrar en el fiordo de Trollfjord, en Lofoten, con niebla y una lluvia fina, y guardar silencio fue uno de los momentos más emotivos de la travesía. Se escuchaba el agua cayendo entre las piedras y filtrándose por el musgo.
Esos sonidos te reconectan con el paisaje y con la naturaleza, y te llevan también a mirar hacia dentro. Creo que quienes vivimos en grandes ciudades hemos perdido el hilo de plata que nos une al universo y nos recuerda que formamos parte de algo mucho mayor.
Lo mismo ocurre cuando tenemos orcas y ballenas cerca del barco y guardamos silencio para escuchar su respiración. Cuando una ballena expulsa el aire por el espiráculo, ese sonido te conecta con la vida en su manifestación más natural y verdadera. Son momentos tan intensos que a veces provocan lágrimas de emoción.
JMV: Te he oído hablar de tu compromiso con la sociedad civil. En esta conversación has defendido la necesidad de recuperar valores morales, referencias y atención a la ciencia. ¿Eres un activista o nos invitas a serlo?
AZ: Sí, aunque habría que precisar qué entendemos por activismo. Para mí consiste en vivir con responsabilidad y propósito, y asumir el deber que todos tenemos hacia nuestra propia vida y hacia la sociedad.
Se habla mucho de derechos y poco de deberes. Sin embargo, por vivir en sociedad, todos somos responsables de lo que ocurre a nuestro alrededor, tanto por nuestras acciones como por nuestras omisiones. También construimos el mundo que nos rodea.
Hay una responsabilidad personal e intransferible: el liderazgo sobre la propia vida. No podemos esperar que otros hagan siempre el trabajo necesario para que las cosas funcionen. Cuando decimos «habría que hacerlo» o «alguien debería», conviene preguntarnos qué podemos hacer nosotros. La responsabilidad de un cargo es distinta de la responsabilidad que cada persona tiene por el hecho de vivir.
Por eso debemos buscar un propósito y asumir un compromiso con los demás. Cuando necesitamos una ambulancia, un hospital o cualquier servicio público, hay muchas personas trabajando para atendernos: conductores, enfermeros, médicos, camilleros y otros profesionales. Tenemos también una obligación hacia ese sistema y hacia quienes lo hacen posible.
Lo mismo sucede con trabajos que a menudo pasan inadvertidos, como el de los barrenderos. Solo cuando se interrumpe ese servicio advertimos hasta qué punto es esencial. La sociedad solo funciona si cada persona aporta su parte.
JMV: Una última pregunta, Alberto: en esta iniciativa percibo cierto romanticismo. ¿Hay que recuperarlo?
AZ: Claro que sí. Una vez, durante una comida, un directivo de una gran empresa del IBEX me dijo que era uno de los últimos románticos que quedaban. Me lo tomé como un elogio.
El romanticismo está ligado al idealismo, que ha movido siempre el mundo: la capacidad de soñar, de intentar hacer realidad esos sueños y de mirar más allá. Eso sí, el amor necesita inteligencia; sin ella puede conducir a comportamientos extremos. Debe existir un equilibrio entre ambos, sin dejar de escuchar al corazón y de dar espacio a los ideales.
No hacen falta grandes cargos ni gestas épicas para mejorar el mundo. Basta con pequeñas acciones y con que cada uno aporte su granito de arena. Quiero pensar que Oceanosophia contribuye a ello: no solo ofrece una experiencia diferente y buenos recuerdos, sino también un espacio para la reflexión y el pensamiento crítico.
Es esencial que las personas piensen por sí mismas, cuestionen el pensamiento dominante y se examinen también a sí mismas: ¿estoy haciendo lo correcto?, ¿vivo de acuerdo con lo que me dicta el corazón? La libertad es algo muy valioso, pero implica responsabilidad y debemos ejercerla para preservarla.
En Oceanosophia creemos profundamente en esa idea. Algunas personas nos han dicho que la travesía les ha transformado. En tres ocasiones, incluso, alguien me ha dicho que la experiencia le había salvado la vida. Y ya solo por eso todo el esfuerzo y el compromiso con lo que hacemos merece la pena.
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