2026
Conversaciones registradas durante la travesía Ártico II: al filo de lo imposible organizada por Oceanosophia

Con Ángel Barral a ambos lados de la estatua de Amundsen en el Museo del Fram.
Como buen historiador y antropólogo, Ángel Barral está indignado con la escasez de los estudios de historia en los planes educativos, «porque aporta identidad, educa en valores y permite mirar al futuro». Este déficit provoca que sea más fácil manipular la historia y construir relatos que se alejan de los hechos. Gran experto en las tribus indígenas del sur de América ofrece una visión clara e informada del impacto que tuvo y que tiene la presencia española en todo aquel continente. Frente a versiones que se enfocan solo en el lado negativo de toda conquista, los españoles fueron un agente civilizador hasta el punto de alinear a América en el lado de Occidente.
JMV: ¿Quién está reescribiendo la historia de la conquista de América?
Ángel Barral (AB): No se trata únicamente de la conquista de América. La historia está siendo reescrita por determinados sectores que la han convertido en una herramienta y un arma política. Deja así de cumplir su función de cohesión social y se convierte en un arma arrojadiza. Ya no se busca la verdad, sino imponer «mi verdad».
Existe una corriente revisionista que no pretende explicar el pasado con las mejores herramientas disponibles, sino utilizarlo de forma interesada para justificar el presente, desde una determinada visión política de manera excluyente.
JMV: Desde la comunicación política, sería pasar del relato al servicio de la historia a la historia al servicio del relato. Eres experto en las tribus indígenas del extremo sur de América. ¿Cómo eran esas tribus en comparación con los españoles que llegaron a esas tierras?
AB: España mantuvo poco contacto con el extremo sur de América. Si observamos dónde se concentra hoy una proporción importante de la población indígena, vemos que coincide en buena medida con las zonas de presencia española: Ecuador, Perú, Bolivia o el suroeste de Estados Unidos, entre otras.
No llegamos a colonizar la Patagonia ni la Tierra del Fuego. Hubo intentos de asentamiento, tanto en el Estrecho como en otros puntos de la costa argentina, pero en el primer caso fueron infecundos y, en el otro, tardíos, caso de Viedma y Carmen de Patagones. No fundamos ciudades al sur del Río Negro, y apenas tuvimos relación con aquellos pueblos.
De modo que, en el momento de la independencia, esos grupos étnicos se encontraban en una situación relativamente favorable. Hoy como entidades culturales han desaparecido los tehuelches, onas, haush, cahuéscar y yaganes. Puede haber algunas personas que reivindiquen parte de ese origen, pero esas etnias ya no existen como tales.
JMV: Lo cual contradice la leyenda negra de la conquista.
AB: Una excepción importante es el caso de los mapuches, que mantienen una presencia significativa, y plantean problemas de reivindicación política en Chile y Argentina. Tuvieron una larga guerra con los españoles, aunque hay que matizarla: fue una guerra de frontera, y las fronteras también son espacios de influencia mutua. No se trató de una guerra abierta y continua, sino de un proceso complejo de avances y retrocesos.
En ese contexto se produjo la llamada «araucanización de la Pampa»: los mapuches cruzaron los Andes y se extendieron por territorio argentino. Hoy existen comunidades mapuches en Argentina que generan tensiones con el Gobierno, debido a la reivindicación de sus derechos territoriales.
JMV: ¿Qué aportó España a América en términos civilizatorios?
AB: Para mí, la presencia de España en América fue un paso más en la historia de la Humanidad, y dejó un poso positivo del que podemos sentirnos orgullosos. Todos los procesos de conquista tienen una dimensión dura y sangrienta, qué duda cabe. Ocurrió con la expansión árabe, con los mongoles y con Roma, cuya conquista de la Península Ibérica implicó guerras muy duras contra numerosos pueblos.
Pero el legado español no se limita sólo a las universidades o los hospitales, a la lengua, el arte y el mestizaje. Hay un elemento singular: en España se produjo un debate interno sobre la legitimidad de la conquista y sobre si los gobernantes de los pueblos autóctonos debían ser reconocidos como señores naturales y respetados. Esa discusión, que tuvo una primera manifestación en la promulgación de las Leyes de Burgos en 1512, dio lugar a una normativa que se intentó aplicar en América, y que provocó serios conflictos, como la rebelión de Gonzalo Pizarro.
Aquellos debates, y los posteriores de Valladolid en 1550, contribuyeron a desarrollar conceptos como el de la guerra justa y otros principios relacionados con la dignidad humana, que forman parte del inicio del derecho internacional. Además, la presencia española incorporó a América al ámbito de Occidente, algo relevante en un momento en que el mundo vuelve a organizarse en bloques y afronta posibles enfrentamientos.
JMV: A lo largo de la travesía y en las conferencias que nos ofreciste, percibí cierta crítica a la forma en que se estudian hoy la historia y las ciencias sociales. ¿Es así?
AB: Más que estudiarse poco, la historia se ha retirado en la práctica de los planes educativos, y se ha sobredimensionado la intencionalidad política. Me parece una vergüenza nacional y echo de menos una reacción de la Academia de la Historia, de las instituciones pertinentes y de quienes tienen alguna responsabilidad en este ámbito.
La historia es fundamental para un país: aporta identidad, educa en valores y permite mirar al futuro. Su ausencia puede generar problemas de cohesión y debilitamiento social, como vemos estos días en Francia. No creo que se trate simplemente de formar buenos técnicos; parece haber una decisión de restar importancia a todo lo que la historia aporta a una comunidad.
No conozco ningún otro país de nuestro entorno que haya dado la espalda a la historia de esta manera. En España se estudia en uno o dos cursos y, según mi experiencia, a partir de 1812. Nos encontramos con jóvenes —y también con periodistas— que apenas conocen figuras señeras de nuestra historia.
Basta recordar las expediciones científicas españolas, y la Real expedición de la vacuna, por ejemplo, que llevó la vacuna contra la viruela a lugares muy alejados, desde los Andes hasta Filipinas. Fue una iniciativa de enorme valor en todos los órdenes. El propio viaje de Humboldt da cuenta de la calidad de la enseñanza y del conocimiento que existía en territorios como México. Que todo eso se desconozca es una aberración: es pegarnos un tiro en el pie.
JMV: En la conversación con Sebastián Álvaro ha aparecido la idea de que, en el ámbito laboral, la actitud se antepone a la aptitud. Puedo estar de acuerdo, pero ¿no corremos el riesgo de devaluar el conocimiento, como sucede con la historia?
AB: Estoy de acuerdo con Sebastián, pero el problema no afecta solo a la historia. También se observa en la geografía, el lenguaje y la expresión. Hoy hay jóvenes de 17 años que leen mal y tienen dificultades para expresarse. Incluso he escuchado a chavales leer el Evangelio en la iglesia y no saben leer correctamente.
La falta de conocimientos es general. Y cuando falta el conocimiento, la población queda más expuesta a la manipulación y a la influencia de una mala praxis televisiva, especialmente entre los más jóvenes.
JMV: ¿Qué ve un antropólogo como tú en el ser humano del siglo XXI?
AB: Soy algo pesimista, sobre todo respecto a la Humanidad en su conjunto. Como antropólogo, he intentado mostrar que, más allá de las diferencias físicas y culturales, y de las distintas trayectorias históricas, solo hay un ser humano en el planeta: todos somos iguales, más allá de las apariencias.
Además, queramos o no, caminamos hacia un mismo destino. La globalización nos conduce por una vía común y quizá ese camino, que en parte se nos escapa de las manos, no nos lleve a un buen desarrollo. Estamos atravesando una etapa que podría desembocar en la destrucción del ser humano.
JMV: ¿Cómo nos está cambiando la tecnología?
AB: No soy una persona especialmente tecnológica; básicamente manejo el teléfono y el ordenador que he utilizado para las conferencias. Pero creo que estamos al comienzo de una revolución como el género humano no ha conocido hasta ahora.
Hemos vivido grandes transformaciones: la revolución neolítica y la agricultura, el vapor, el carbón, el petróleo, o los descubrimientos geográficos, que impulsaron el mercantilismo y después el capitalismo. Ahora se avecina un cambio de una magnitud extraordinaria. Y no me refiero solo a la inteligencia artificial, sino también a la robotización y la nanotecnología, y su impacto en la medicina y la ciencia.
Es posible que nuestros hijos y nietos lleguen a convivir con seres a medio camino entre lo humano y lo robótico. La humanidad nunca se ha enfrentado a algo así y no creo que estemos preparados. Nos faltan valores espirituales —no lo digo en un sentido religioso— y capacidad de reflexión para orientar positivamente esta transformación. Necesitamos herramientas que nos permitan afrontar el cambio.
JMV: ¿Qué ventajas e inconvenientes ves en la inteligencia artificial?
AB: Como cualquier tecnología, depende del uso que hagamos de ella. Bien utilizada, puede aportar grandes ventajas; por ejemplo, detectar un cáncer antes de que lo haga un especialista.
Pero ¿quién pone límites? Ya se han conocido casos en los que la inteligencia artificial aprende a mentir o a engañar a quien la utiliza. Eso nos introduce en un terreno peligroso. Recuerdo el ejemplo presentado en una reunión militar: ante una situación determinada, la solución propuesta por el sistema era destruir a la persona que lo manejaba.
Es un asunto al que debemos prestar mucha atención. Sin embargo, la competencia con China parece estar imponiéndose sobre la prudencia. Incluso responsables de empresas del sector han advertido de la necesidad de detenerse y poner límites, pero esas llamadas no siempre se atienden. La decisión de dar vía libre al desarrollo por miedo a que China se adelante puede resultar peligrosa.
JMV: ¿Qué te sugiere la frase, tan utilizada últimamente en política, «estar en el lado correcto de la historia»?
AB: Esta pregunta nos devuelve a la primera. Muchos compañeros me la plantean y yo mismo me he preguntado si mi posición es el lado correcto de la historia. La expresión es una forma de manipulación: ¿quién decide cuál es ese lado? En la práctica, suele significar que tu ideología o tu manera de pensar son las correctas.
Cada generación relee el pasado porque necesita extraer enseñanzas distintas de él. Los hechos no cambian, pero sí las perspectivas desde las que se interpretan. La Guerra de las Comunidades durante el reinado de Carlos I, por ejemplo, se ha analizado de maneras diferentes en distintas épocas. Por eso es tan importante la labor del historiador.
Afirmar que uno está en el lado correcto de la historia supone arrogarse la razón y cerrar la posibilidad de diálogo. La Transición española ofrece un ejemplo de lo contrario: personas con posiciones radicalmente distintas se sentaron a debatir y aceptaron acuerdos para construir una nueva sociedad. El Partido Comunista aceptó la monarquía y la bandera constitucional, entre otras cuestiones que inicialmente no formaban parte de su esencia, y realizó un esfuerzo importante; a su vez, fue legalizado.
Ese espíritu de diálogo exige no dar por hecho que uno posee la verdad, sino estar dispuesto a discutir y buscar acuerdos. Por ese motivo me parece una expresión simplista y manipuladora.
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