16Dic
2024
Escrito a las 2:38 pm

No es casual que los primeros trabajos que salieron de la imprenta de Johannes Gutenberg a mediados del siglo XV fueran el Misal de Constanza y la Biblia de 42 líneas, dos obras destinadas a alinear a la población en torno a los valores cristianos. La imprenta facilitó enormemente la transmisión de conocimiento, pero reforzó el poder de los editores, quienes decidían cuáles eran las líneas de pensamiento y los contenidos que debían ser abordados y sistematizados mediante una técnica industrial. De hecho, los únicos textos escritos existentes antes de la imprenta eran pergaminos y, sobre todo, códices creados por copistas, monjes o frailes dedicados por entero al rezo y a la copia manual de libros por encargo del propio clero o de reyes y nobles.

Seis siglos después la confluencia entre las telecomunicaciones y los sistemas de información alumbra el nacimiento de una nueva era informativa, cuya expresión más evidente es internet. Sin embargo, la digitalización de la transmisión de la información ha invertido en cierta medida el esquema de poder establecido por la imprenta: hoy los usuarios disponen de la capacidad de edición y utilizan las redes sociales como imprenta para sus impulsos comunicativos. Además, esta máquina de reproducción es gratuita en la mayoría de las ocasiones, lo cual invita a hacer un uso constante de sus capacidades de transmisión.

Salvo nostálgicos de otros regímenes, la inversión del poder ha sido celebrada sin excepciones, especialmente por los profesionales de la denominada comunicación corporativa. Las organizaciones pueden conectar directamente con sus públicos, reunidos bajo el concepto de grupos de interés (stakeholders, en inglés), sin la necesidad de pasar por intermediarios. Algunas grandes empresas no sólo intentaron prescindir de los medios de comunicación para relacionarse con su colectivo de clientes, sino que incluso despreciaron el papel de estos intermediarios, sometidos en muchos casos a una crisis de modelo de negocio como consecuencia de la digitalización de la información.

Medios en crisis

La crisis de los medios periodísticos, particularmente en España, ha acelerado el proceso de desintermediación. El término “medios periodísticos” excluye a la televisión porque en ella prevalece, salvo contadas excepciones, el criterio del entretenimiento, muy por delante del informativo y, desde luego, completamente alejado de cualquier inquietud formativa. La televisión y la radio en España disfrutan de una cierta salud económica, mientras que los periódicos y las revistas (los medios ‘de papel’) sufren una triple crisis: económica, industrial (en el sentido de su transformación tecnológica) y moral.

La primera es consecuencia de un reparto de la tarta publicitaria entre más comensales. Según el Estudio InfoAdex de la Inversión Publicitaria en España 2024,  la inversión publicitaria en 2023 alcanzó un total de 12.700 millones de euros. Los medios controlados, anteriormente conocidos como medios convencionales, representaron el 46,5 % del mercado publicitario, con una inversión de 5.901 millones de euros. Es decir, los otros 6.799 millones de euros fueron a parar a los denominados “medios estimados”, entre los que se encuentran las plataformas digitales, como Google, YouTube, Instagram, Facebook, X, TikTok y otras.

La segunda crisis es fruto de los cambios en el modelo de negocio. A estas alturas todos los editores reconocen el error que cometieron en el arranque de internet al ofrecer la información de forma gratuita, impulsados por el pensamiento de que las mayores audiencias serían argumento suficiente para seguir atrayendo a los anunciantes. Actualmente intentan revertir la situación, con la dificultad añadida de que los clientes se han acostumbrado a la gratuidad y les cuesta cruzar al otro lado de las pasarelas de pago. Las agresivas ofertas en precio que realizan algunos medios (La Vanguardia ha llegado a ofrecerse por 0,03 euros al día) no contribuyen a dar valor a la información que ofrecen, fruto del trabajo intelectual de los periodistas. Este contexto económico conduce a la precariedad laboral que sufre buena parte de la profesión periodística.

La tercera crisis deriva de la relajación moral que beneficia a la mentira. Mentir se ha vuelto más fácil y, sobre todo, más barato. La edición más reciente del Edelman Trust Barometer revela que el 64 % de los encuestados cree que los periodistas “están tratando deliberadamente de engañar a la gente diciendo cosas que saben que son falsas o grandes exageraciones”; en el caso de los portavoces gubernamentales, este porcentaje se mantiene alto (63 %) y solo baja para los líderes empresariales (61 %). En todos los casos estas tres instituciones suspenden en credibilidad.

Beneficios y riesgos

La desintermediación no solo ha sido celebrada, erróneamente a mi juicio, por las empresas, sino también por los investigadores en el campo de las ciencias sociales. Sin embargo, prácticamente todos los autores que han abordado este fenómeno en el proceso de transmisión de la información añaden en sus tesis los riesgos que entraña.

Clay Shirky, profesor adjunto de la Universidad de Nueva York y experto en redes sociales, defiende en su obra Here comes everybody que la digitalización y las redes sociales eliminan intermediarios tradicionales, como los medios de comunicación, al permitir a los usuarios acceder y compartir información directamente, pero que esta nueva capacidad plantea desafíos de veracidad y calidad.

Jeff Harvis, afamado periodista norteamericano y uno de los cien líderes en el sector de la comunicación reconocidos por el World Economic Forum, sostiene en What would Google do que este proceso empodera a los individuos y fomenta la transparencia, pero también que requiere una alfabetización digital para discernir la información confiable.

En The wealth of networks, Yochai Benkler, profesor de Derecho Empresarial en la Universidad de Harvard, donde también codirige el Berkman Center for Internet and Society, argumenta que la desintermediación en el ámbito informativo permite una mayor colaboración y participación ciudadana, lo que transforma el panorama mediático. Para él, esta nueva estructura de redes descentralizadas posibilita un flujo de información más horizontal. Por contrapartida, aumenta los riesgos de polarización y fragmentación informativa.

Para el reconocido activista de internet y editor de Upworthy Eli Pariserla desintermediación, junto con los algoritmos de personalización, crean ‘burbujas de filtro’ que limitan el acceso de los usuarios a información diversa. Según ha escrito en The filter bubble, la desintermediación en entornos digitales, aunque permite el acceso directo a la información, también contribuye a una fragmentación y al sesgo en la percepción de la realidad.

Actores institucionales

En suma, la desintermediación conlleva riesgos y desafíos en territorios tan trascendentales para los procesos de comunicación como la veracidad, la calidad, la alfabetización digital, la polarización, la fragmentación y los sesgos en la percepción. Es difícil que los ciudadanos sientan de forma individual la responsabilidad de responder con método a estos desafíos. La responsabilidad individual no es suficiente para crear un entorno saludable en términos de rigor, confianza y credibilidad.

En una democracia ese papel de guardián de la credibilidad se reparte entre el regulador y el periodismo. Al primero, es decir, a las administraciones públicas, les corresponde establecer un marco legislativo y unos mecanismos de control que garanticen el derecho de los ciudadanos a estar informados. La desinformación atenta directamente contra este derecho.

Ejemplo de esta competencia es la reciente Directiva el Parlamento Europeo y del Consejo, de 13 de junio de 2024 sobre Diligencia Debida en Materia de Sostenibilidad (CSDDD), cuyo fin es impulsar la mejora del proceso de divulgación de información no financiera a las partes interesadas (inversores, clientes y consumidores) y proporcionar una toma de decisiones más robusta basada en datos de sostenibilidad. También se puede citar la misión de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV): “velar por la transparencia de los mercados de valores españoles y la correcta formación de precios, así como la protección de los inversores”.

Pero más allá de las instancias regladas, las democracias necesitan mecanismos no oficiales. En esta línea, la Comisión Europea considera imprescindible preservar el ecosistema de medios de comunicación, ya que ”los periodistas y el periodismo deben jugar un papel fundamental en la lucha contra la desinformación”. Esta es una de las principales conclusiones del informe elaborado por la Commission High Level Expert Group on Fake News and Online Disinformation, que combina el protagonismo de los medios de comunicación en esta tarea con la cualificación de los ciudadanos para fortalecer su criterio a la hora de seleccionar la información que reciben y, sobre todo, el nivel de credibilidad que le otorgan.

En tanto que actores informativos relevantes, las empresas deben sentirse concernidas por la pérdida de credibilidad de las instituciones, detectada con claridad por el Edelman Trust Barometer. De hecho, este estudio convoca a los actores económicos a situarse en primera línea de la restauración de la confianza y la credibilidad. Esta responsabilidad social invita a las empresas a cooperar en la recuperación de un periodismo de calidad que tenga capacidad de marcar la agenda de la actualidad. Esta capacidad está hoy mermada por el poder de otros agentes, como los gobiernos y las propias empresas, en la creación y difusión de relatos y marcos.

La institucionalidad necesita un ecosistema de medios que responda a sus propios intereses y, en consecuencia, defienda sus líneas editoriales con transparencia. Estos medios periodísticos son imprescindibles para intermediar entre actores, especialmente en aquellos asuntos cuya trascendencia alcanza al conjunto de la sociedad. Editores que actúen como editores. Periodistas que actúen como periodistas. Comunicadores que no pretendan hacer de periodistas y que mantengan una relación transparente y respetuosa con los medios. Y, finalmente, ciudadanos que sean conscientes de que el ejercicio de su libertad de expresión no sería posible sin el concurso de medios abiertos, profesionales y dotados de una robusta ética deontológica.

Artículo publicado en la Revista de Estudos de Comunicación da APG (Asociación de Periodistas de Galicia).

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