Las tres leyes de la robótica fueron enunciadas por el escritor Isaac Asimov en el relato titulado “Círculo vicioso”, publicado en 1942.  Estas tres leyes dicen así:

1.Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

2.Un robot debe hacer o realizar las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la 1º ley.

3.Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª ley.

En el universo de Asimov las leyes son “formulaciones matemáticas impresas en los senderos positrónicos del cerebro” de los robots, es decir, una suerte de código fuente que impide que la inteligencia artificial se rebele contra el ser humano. Más que de un escritor de ciencia ficción las tres leyes parecen obra de un filósofo y su mayor mérito es su sencillez.

Los comunicadores no estamos preocupados por los efectos de la robotización sobre nuestra profesión, según indica el European Communication Monitor en su edición de 2017. Muchos ni siquiera están ocupados en explorar los caminos que se abren con la inteligencia artificial y el big data. Incluso la mitad de los encuestados para este estudio perciben la robotización como una amenaza para su trabajo.

Espoleados por la curiosidad de un fenómeno que nos acerca a la singularidad tecnológica (el momento en que una inteligencia artificial, dotada de una mayor capacidad de computación que un cerebro humano, alcance tal velocidad que ningún ser humano será capaz de entenderla o predecir su comportamiento), los comunicadores tenemos que poner los robots al servicio de nuestra función. Para ello tal vez sería interesante reformular las tres leyes de Asimov en clave de comunicación. Serían así:

1.Un robot no hará daño a la verdad o, por inacción, permitirá que un ser humano sea manipulado por información sesgada o insuficiente.

2.Un robot debe transmitir los hechos, sin emociones, que el comunicador le ordene y aportar las fuentes y los recursos necesarios para que el receptor pueda contrastarlos.

3.Un robot debe proteger la reciprocidad en los procesos de diálogo, con el fin de que emisor y receptor dispongan de las mismas oportunidades para exponer sus puntos de vista.

La aplicación de estas tres leyes desterraría la posverdad, dificultaría la propaganda maliciosa, desvelaría las mentiras y haría de la verdad la ley básica de los procesos de comunicación. Los robots pueden aportar rigor, ecuanimidad y profundidad a una función que está seriamente amenazada por la imprecisión, la primacía de las emociones y la frivolidad. De hecho, nuestra mayor preocupación respecto a la robotización debería ser indagar en cómo las máquinas nos pueden ayudar a humanizar y hacer más eficaces los procesos de comunicación. Porque no hay nada que deshumanice más que la mentira.

 

Artículo publicado en el número 136 de la revista de AEDEMO

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